Esta casa azul y blanca ubicada en la esquina del parque principal ajusta 200 años de historia. Varias entidades han funcionado allí y ahora la alcaldía busca recuperarla para convertirla en un museo y gran centro cultural del municipio. Esta es la historia de la casa consistorial.

POR ALEJANDRO CALLE CARDONA |23 MARZO 2020

Es la edificación más imponente del parque de La Estrella luego de la Basílica Menor de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Por fuera su capa de pintura blanca y azul tiene las marcas del tiempo y el descuido. Los barrotes de los balcones están incompletos y de uno de ellos no existe ni el rastro. Sus portones permanecen abiertos, allí funcionan algunas dependencias de la alcaldía y acceso principal da paso a mil historias que se niegan a desaparecer.

Al ingresar, lo primero que aparece es una ventanita de hierro pintado de blanco, la misma que a comienzos del siglo XX servía como taquilla para el teatro y el cine que funcionaba en el patio central. Don Darío de Jesús Mesa Quiroz así lo recuerda. A sus casi 80 años en su memoria permanecen intactos los momentos en que hacía una larga fila para poder disfrutar de una obra o de la nueva película mexicana, confiesa que no tenía tiempo para ir con novias, pero sí para disfrutar del buen arte.

“En la parte alta estaba la tarima y recuerdo que había tres localidades, una para los ricos y el alcalde, otra para los empleados y otra para el pueblo”, dice. Don Darío relata que, durante el periodo de la conquista, siempre se construía un templo y una casa para el Gobierno y recuerda que, desde uno de los balcones, los primeros alcaldes de La Estrella saludaban a la multitud cuando eran nombrados por el Gobernador.

Al subir las escalas, las tablas se mueven y amenazan con caer, pero quienes permanecen allí se ríen y aseguran que eso no pasará. El corredor permanece con su madera original y quizá lo único nuevo es la mierda de decenas de palomas que ya forma una gruesa capa que nadie limpia.

Las grandes habitaciones del segundo piso permanecen vacías, en las mismas en las que funcionó la alcaldía, el concejo, la contraloría, la personería y la administración de la cárcel. Los muros de tapia sobre adobe macizo están intactos y uno de los balcones es vigilado por uno de los obreros del Municipio, que mira hacia el parque mientras se fuma un cigarrillo.

El techo también es de tapia, pero sobre guadua, aunque una parte se vino al piso y tuvo que ser reemplazado por draiwoll. “La mayoría de cosas permanecen originales, puertas, muros, piso y gran parte del techo”, dice otro de los trabajadores, quien prefiere no dar su nombre. En el primer piso, al interior, lo que antes eran oficinas de la registraduría y los juzgados, hoy son almacenes de los talleres de la Alcaldía de La Estrella ocupados con herramientas y material par hacer todo tipo de cosas.

Pero quizá uno de los lugares más recordados por los habitantes más longevos es la oficina del telégrafo, que luego se convirtió en Telecom. “Uno iba siempre a enviar los mensajes por telégrafo, a preguntarle al cartero si había llegado carta o a llamar y esperar que devolvieran la llamada a la media hora.  Esos son los recuerdos más bonitos que tengo de niño”, recuerda don Darío.

Al bajar al patio las historias brotan. Los trabajadores detienen sus labores para contar en chiste y recordar lo que muchos escucharon de niños o vivieron por casualidad. Allí aún permanecen las diez habitaciones que funcionaban como celdas para los presos, en cada uno metían hasta diez personas, aunque dos eran los calabozos conocidos como las neveras.

“Ahí metían los más peligrosos, no se podían ni mover y la comida se las daban por un agujero”, dice uno de ellos con todo el conocimiento del caso, mientras sus demás compañeros se ríen y piden que cuente más anécdotas de lo que quedaba de la cárcel. Comenzó a recorrerla y mostró lo que eran las camas de cemento y que hoy sirven para su propio descanso.

“Aquí una vez trajeron a man que era muy peligroso, que trabajaba con Pablo Escobar, mató a varios policías y un día llegaron otros, lo sacaron de la celda y lo mataron acá mismo en el patio”, relata Juan Restrepo, uno de los trabajadores, mientras recorre nuevamente el espacio con la mirada.

Al fondo hay una pared que separa la casa con la sede del antiguo hospital y que también hace parte de la construcción original, la misma que estuvo a punto de convertirse en centro comercial hace cinco años, pero no fue posible. “La casa consistorial fue declarada patrimonial en 1990 y eso impide que se tumbe o se hagan reformas estructurales”, explicó el profesor Jhon Jairo Pérez, uno de los defensores del patrimonio del municipio.

 

ALCALDE QUIERE RECUPERARLA

Uno de los primeros anuncios del alcalde Juan Sebastián Abad fue el de convertir la vieja casa consistorial en un gran museo y casa cultural. Y aunque el proyecto apenas está en su primera etapa, el mandatario ya ha visitado museos históricos en Antioquia que le servirán como modelos para hacer realidad el de su municipio.

“Soy un amante a la cultura y no podemos dejar perder nuestro patrimonio. Tenemos que cuidar la historia y generar espacios para la cultura, eso es importante para el turismo, pero sobre todo para que la gente de la Estrella conozca su historia. Ya estamos recibiendo propuestas de diseños y esperamos hacerlo realidad en nuestro gobierno, porque esto no es un edificio, es la vida”, dijo Abad.

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Pero el proyecto no es nuevo. Precisamente el profesor Jhon Jairo y don Darío vienen trabajando en este hace más de 8 años desde el programa de Vigías Exploradores. “La casa es un bien de interés cultural. Es un espacio que es necesario para que la gente conozca su historia, pero para que sea un lugar de encuentro de la familia y de los artistas del municipio que tiene 334 años de vida, uno de los más antiguos de Antioquia”, resaltó el docente.

En su casa, don Darío aguarda que el anuncio se haga realidad con la misma paciencia con la que ha esperado toda su vida para ver convertida aquella casa que tantas historias tiene, como el viejo edificio Carré, en la Plaza Cisneros de Medellín. “Sería como el despedir de la vida, subir y cantarle un poema a mi pueblo”, confiesa y no logra contener las lágrimas y prefiere leer uno de sus cinco mil poemas, ese que sueña con recitar en uno de los balcones de la antigua casa consistorial: “Me dicen el poeta viajero a quien La Estrella represento, lo llevo en mi corazón vivo y después de muerto”.