Su templo está en Sabaneta, el municipio más pequeño de Colombia, pero su profecía es de las más grandes.

Le hablo de Guillermo de Jesús, uno de sus 16 retoños. Él aún recuerda cómo llegó al Valle de Aburrá en 1947, hace 70 años. Así es sargento, no ha olvidado de dónde viene y tiene certeza de a dónde quiere ir a parar.

En una entrevista realizada hace unos cuantos días me contó cómo usted, Joaquín Pablo Cuartas, tuvo que salir corriendo de Montebello, un municipio del que dice “ni es monte ni es bello” que está ubicado en el suroeste de Antioquia, a unos ciento veinte minutos de Medellín.

Lo iban a asesinar los conservadores por enarbolar las banderas color sangre, por lo que tuvo que abandonar el comando, ir a su casa, recoger unos cuantos corotos, abrazar a los hijos que ya le había dado esa tierra y huir.

En esa diáspora terminaron en Envigado. “Llegamos a una parte donde no conocíamos a nadie, un señor nos abrió la puerta de su casa, nos atendió, nos recibió y resulta que era godo”, cuenta don Memo, su hijo, el que se volvió apóstol.

Sargento, don Memo no olvida cómo se instalaron, el primer trabajo que usted consiguió como vigilante en Rosellón, y cómo comenzaron a echar raíces en este municipio que lo hace sentir un envigadeño más y en el que vive gran parte de los 12 hermanos que le sobreviven.

Pero él ya no reside allí. Lo encuentra muy cerca, en Sabaneta.

Puede ser en El nuevo baúl, el bebedero de otro montebelluno en el que se habla de política, “se desbarata y vuelve se cuadrar el país” al ritmo de un tinto, de tangos y el afán de las campanas de la parroquia de María Auxiliadora, la iglesia de la ‘Virgen de los sicarios’, que anuncian cada eucaristía y que está a unos cuantos pasos.

Pero lo más seguro es que lo encuentre “Donde Memo”, su refugio. Sargento, así le llama a un sitio de no más de 15 metros cuadrados, el cual es protegido en las noches por una reja tipo cortina de color verde. Su dirección es la carrera 43B con calle 69 Sur – 32. Sargento, es a una cuadra del parque de ese, el municipio más pequeño de Colombia, pero que crece como ningún otro.

Allí su hijo pasa los días. Llega a las ocho de la mañana y se vas a las doce, cuando tiene el regurgitadero vacío. Lo llena, hace loncha –como él mismo dice- y regresa a las dos para permanecer hasta que cae el sol. A las seis cuando cae la tarde regresa a su dormitorio, “que está aquí, muy cerquita”, señala.

El lugar está repleto de libros. Las tres paredes están cubiertas de muebles y estanterías y en una de estas llegué a contar hasta 120 textos. Están tan juntos uno de los otros que si fueran animales habría peligro de que se reprodujeran.

A eso dedicó la vida su hijo, sargento. Como usted ya sabe, no quiso estudiar en la universidad, aunque su juventud la pasó entre la lectura, el disfrute de las largas caminatas por El Salado, las amigas y las parrandas de rock en La Naranja Mecánica, el bar que había en Envigado y que cerró hace ya tantos años “porque se volvió candela”, afirma don Memo.

A los libros se entregó cuando Marta Patiño Hurtado, su mujer, se lo propuso.

“Un día que me vine por ahí, caminando con mi esposa, vi que desocuparon un localcito. Ella, que tenía una peluquería, me dijo: ¿por qué no montamos un negocio de empastada de libros? Y eso empezó a funcionar como una pequeña librería y ya van 18 años”, recuerda.

Comenzó salvando textos enfermos, sufridos y viejos y terminó en un apostolado: recomienda lecturas, consigue libros escolares, resucita enciclopedias y negocia segundas, aunque a veces se vea obligado a sacar dinero de su pensión para solventar sus necesidades.

Habla de Las mil y una noches y Los Miserables, Los hermanos Kamarazov y la literatura rusa como sus favoritos, pero es un acérrimo defensor de Walter Riso y Paulo Coelho. “A un muchacho que viene mucho acá, que dice leer bastante y critica a quienes leen esos libros le digo: oíste, entonces escribite vos algo más teso pues, más verraco pa’ que la gente lea”, esgrime como argumento para afirmar que existe el derecho a leer lo que se quiera leer.

Marta ya dejó a su hijo, sargento. Ocurrió hace dos años a causa de un cáncer y él, en agradecimiento, se niega a dejar los libros y mucho menos su apostolado sobre la lectura.

Su hijo, sargento, se obstinó a mantenerse cerca de los libros. Dice que su pequeña librería estará abierta, contrario a lo que sucede con La América, la más antigua de Medellín, que pronto cerrará.

Por eso, señores como Juan Diego Mejía, otro apóstol de los libros, quien estuvo durante años al frente de algo que llaman la Fiesta del Libro y la Cultura, sargento, aplaude la labor de su hijo.

“Es un trabajo fundamental. Hay que pensar qué pasaría sin las librerías. Tenemos una gran fortuna con la existencia de esos apostolados, pues salimos beneficiados”, explica Mejía.

Y es cierto, sargento, aunque la librería de su hijo no esté entre las 32 que cuenta la Asociación Colombiana de Libreros Independientes -ACLI- (21 en Bogotá, una en Chía, una en Armenia, una en Cali, una en Pasto, una en Bucaramanga, una en Yopal, una en Bucaramanga y tres en Medellín), sí se puede contar entre las 500 que hay fuera de esa organización, según los últimos censos realizados por ellos mismos, como me contó su presidente Valentín Ortiz.

Para Mejía, su labor es “un indicador de vitalidad en la sociedad”, para él, la mejor manera de pasar el rato.

Eso le cuento, sargento.

¿Somo los más lectores?

Según Juan Diego Mejía, en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín se vendieron en promedio diario unos 10.000 libros.

Buenos Aires, en Argentina, en la ciudad en donde más librerías hay: 25 por cada 100 mil habitantes.

La ACLI solo cuenta entre sus librerías asociadas aquellas que solo venden primeras, que tienen con un librero y no un vendedor, y que no ofrece artículos diferentes a libros. Además, las que no hacen parte de cadenas de almacenes.