Desde su nacimiento, a mediados de los años 50 del siglo XX, el rock ha sido una de las estrategias de resistencia y lucha por la reivindicación de los derechos humanos. Estas veinteañeras rusas levantaron su protesta tan alto y lo hicieron tan fuerte que fueron condenadas a penas de cárcel. Una historia de punk, feminismo, autoritarismo en la Rusia del siglo XXI.

La banda de las chicas feministas rusas se llama –en inglés es su nombre original Pussy Riot-: la orgía de las chimbas, se debería traducir en el paisa más crudo (o la orgía de las vaginas, pero esta es una denominación más técnica, que poco describe el nombre original, porque no lo dice un médico ni lo pronuncia, en público, un personaje público). De entrada eso significa que la música de este colectivo feminista es cruda.

Se trata de una banda sin mayores pretensiones musicales –de hecho, poco se escuchan en occidente- y en Rusia están asociadas a una minoría organizada alrededor de las causas feministas, es decir, de género, de organizaciones juveniles y de sectores socialistas y sindicales. En Rusia, lo cual añade más problemas.

La historia es hasta simple: en la campaña presidencial que, en 2012, llevó a Vladimir Putin de regreso al poder en Rusia, las muchachas se declararon en abierta oposición. Desde el comienzo de sus actividades políticas y musicales se caracterizaron por usar letras políticamente incorrectas, por dedicarse a promover la crítica abierta y acérrima contra el fenómeno de la corrupción en ese país y, reitero, por la reivindicación de los derechos femeninos en un ambiente franca y abiertamente machista, el ruso.

Con estilo propio: ropas veraniegas, vestidos ajustados que dejan ver la juventud de sus cuerpos –incluso en el gélido invierno ruso- pasamontañas coloridos, intervenciones rápidas, inesperadas y cortas en espacios públicos y reclamos, muchos reclamos.

Eso fue lo que sucedió el 21 de febrero de 2012 cuando las tres chicas, Nadezhda Tolokonnikova, Yekaterina Samutsevich y Maria Alyokhina entraron en la catedral de Cristo Salvador, en Moscú, -ellas son como el templo, católicas ortodoxas- hicieron la señal de la cruz delante del altar y comenzaron a cantar. La canción duró poco mas de un minuto, tiempo que les tomó a los guardias de seguridad inmovilizarlas, reducirlas y sacarlas rumbo a una estación de policía.

¿Por qué en un templo católico? Porque la canción le pedía a la Virgen María que echara a Vladimir Putin y en la misma dice del patriarca ruso Cirilo I que cree más en el dirigente político que en Dios.

El férreo y severo sistema judicial ruso, todavía heredero de los años de estalinismo en lo peor de las purgas comunistas de los años 30, 40 y 50 del siglo pasado, cayó con todo su peso sobre las tres muchachas (dos de ellas casadas y con hijos) y su juicio habría pasado en silencio de no haber sido por la campaña mediática dirigida, en especial, hacia los medios extranjeros presentes en Moscú, que logró captar la atención de Amnistía Internacional, de Human Rights Watch y de cientos de artistas populares en todo el mundo –la primera de las cuales es la estadounidense Madonna-.

Fueron condenadas a dos años de prisión en un juicio que se distinguió por toda clase de violaciones a los derechos de los acusados –incluso en la vieja Rusia- pero la persistencia de las organizaciones sociales han terminado en el endurecimiento de sus condiciones de reclusión –se desconoce, por ejemplo, el paradero de la Tolokonnikova- y Samutsevich se declaró en huelga de hambre a comienzos de noviembre.

Fueron condenadas por vandalismo –aunque nada destruyeron y de nada se apropiaron- en un proceso judicial que logró la condena de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, pero el tono de las reclamaciones bajó por cuenta de las diferencias que tienen los gobiernos de Rusia y Estados Unidos alrededor de lo que se debe hacer con el gobierno sirio: una simple canción de punk y sus intérpretes terminaron envueltos en la peor crisis diplomática desde que desapareció el régimen comunista soviético, en 1989.

¿La moraleja? Que cada vez las democracias, más complejas y sofisticadas, podrían ir cerrando espacios de participación crítica si los ciudadanos siguen pensando que la seguridad personal es más importante que la existencia de los derechos colectivos. La ventaja es que a los músicos colombianos no los llevan a la cárcel. La desventaja es que los llevan al cementerio.

 

Octavio Gómez V

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