El limbo del 2 de octubre

Los resultados del plebiscito por la paz que el pasado 2 de octubre votaron un poco más de 13 millones de personas y que le dieron la victoria al NO -particularmente por la votación en Antioquia y Santander- dejó al país en un limbo jurídico, es decir, en la incertidumbre de lo que debe hacerse con los Acuerdos de La Habana, pero, especialmente, en uno político porque sus resultados -en la práctica política fue un empate técnico de menos de 1 punto porcentual.

En primer lugar, los resultados sorprendieron a todos -comenzando por los 16 comités impulsores del NO a los acuerdos. Los actos políticos del Gobierno y las Farc durante la semana previa a las votaciones deberían haber impulsado el entusiasmo por el SÍ y apenas lograron llevar a las urnas un millón de votos menos que los que necesitó Juan Manuel Santos para lograr la presidencia en la segunda vuelta de las elecciones de 2014.

A partir de los resultados, tanto ganadores como perdedores se quedaron a la espera de lo que dijera el jefe de la oposición de derecha, el senador Álvaro Uribe Vélez: un discurso poco conciliador, que más parecía el de un candidato en campaña, dejó claro que ni él tenía claro qué debería seguir, en tanto que el gobierno llamó a la calma, declaró que tanto el cese al fuego se mantenía hasta el 31 de octubre -aunque puede ser prorrogable- y que de inmediato se retomarían los contactos en Cuba con los negociadores de la guerrilla.

La situación se llenó de especulaciones más que de realidades y en pocas horas se comenzó a hablar de la posibilidad de una Constituyente (el escenario con el que el uribismo ha soñado para lograr reimplantar una hipotética reelección presidencial, hoy imposible, para un partido que tiene más Uribe que uribismo).

Poco antes de las 36 horas de pasados los escrutinios, apareció el Uribe negociador a pedir amnistías para los guerrilleros rasos y cárcel para los dirigentes y la prohibición de que participen activamente en política, lo que técnicamente sería una rendición. Al tiempo, la dirigencia de la guerrilla repetía que los acuerdos estaban hechos pero que estaban dispuestos a seguir dialogando para negociar aunque declaran que el acuerdo está hecho.

El Gobierno determinó conformar una comisión para dialogar con el uribismo -cuyos resultados concretos no se conocen- en una maniobra que olvidó el hecho de que solo 50 mil votos menos que el ganador NO, es decir, el SI, también representan un hecho político: que en su mayor parte representan a las comunidades de las zonas donde sí se ha vivido la guerra: el occidente y el litoral Pacífico, la zona central de la Costa Atlántica y un sector importante del sur del país: el resultado en el municipio de Bojayá, Chocó, lugar donde sucedió uno de los hechos más sangrientos -y no resueltos- de la guerra, donde el SI obtuvo más del 98% de los votos, se convirtió en un símbolo de esos más de seis millones de personas que apoyaron los acuerdos.

Sin embargo, hay un hecho claro: que es demasiado riesgoso dejar solo en las manos del senador Uribe (y de su asociado de última hora, el ex presidente Pastrana) la absoluta responsabilidad de la revisión de los acuerdos. Eso constituiría la materialización de un poder paralelo a la institucionalidad democrática, la que salió severamente golpeada con los resultados del domingo 2.

Pero ese riesgo es el que debe capear el presidente Juan Manuel Santos: es que, para muchos, lo que se jugaba el 2 de octubre era el pulso entre la visión gubernamental, de una parte, de la derecha colombiana que está en el gobierno y de su contrincante más mediático, pero no más serio, el Centro Democrático.

El resultado, sin embargo, no solo dejó conmocionados a los votantes, ganadores y perdedores, sino a esa entelequia llamada «comunidad internacional», representada por las Naciones Unidas, la OEA, el gobierno de Estados Unidos, la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional (por no mencionar a gobiernos tan vario pintos como los 15 mandatarios que acompañaron la firma de los Acuerdos, el 26 de septiembre en Cartagena): todos habían celebrado los términos logrados, los mismos que la votación terminó por negar.

Gobiernan, a esta hora en Colombia, los más oscuros nubarrones en el panorama político colombiano. Eso, a esta hora, es lo único cierto.

Foto: Sebastián Díaz López