Shamo hizo de Mansha una gran familia

Al ingresar a Mansha, aparece el rostro del Chavo del 8 dibujado en una de las paredes. El sonido a corto producido por la máquina de tatuaje incrementa al ascender cada escalón. En un rincón del estudio, ubicado frente al cementerio de Envigado, aparece “Shamo”, uno de los grafiteros y tatuadores más reconocidos de la ciudad, quien a través de la aguja y el aerosol ha promovido el arte y cultura a lo largo del Valle de Aburrá.

PUBLICADO 30 AGOSTO 2016

Alto, muy alto. Delgado, algo delgado. Pelo largo, aunque rapado en los costados; lleva puesta una gorra y unas gafas de marco de madera con su firma grabada, porque dice que es mejor que pocos sepa su verdadero nombre. Así es el mundo del grafiti, se mueve a veces en la clandestinidad, huyendo de las autoridades para dejar en muros alguna muestra de arte con mensajes a veces poco convenientes para el establecimiento.

Mientras tatúa un zorro, habla poco. Fija su mirada en la aguja para hacer cada trazo perfecto y evitar dañar más de la cuenta la piel del tatuado, razón por la que define al grafiti como un arte más libre y menos comprometedor. Nació en Medellín, pero parte de su infancia la tuvo en Copacabana y luego en Venezuela. Cuando regresó se radicó en Envigado para nunca salir de allí.

En 2008, cuando visitó a sus amigos en el norte del Aburrá los vio convertidos en raperos, djey’s y bailarines y solo faltaba un grafitero para que el parche tuviera los cuatro elementos que tiene la cultura del hip hop. No dudo en aceptar la propuesta, había dibujado desde niño y la adrenalina propia de la adolescencia, buscaba una válvula de escape y en el aerosol la encontró.

Fue tal la calidad de su trabajo que en su primer año ya era reconocido en Medellín. En muchos parches ya hablaban del chamo, o el ‘Shamo’, “con S para marcar diferencia”, aunque su acento venezolano no existe. “Era muy gomoso y le dediqué todo mi tiempo a aprender y a practicar para hacer buenos trabajos”, relata mientras carga su máquina con tinta negra.

Pero los muros fueron insuficientes, sentía que hacía falta algo y la piel se convirtió en un lienzo atractivo para este joven de escasos 24 años. Decidió archivar las latas de colores y dedicarse a estudiar las técnicas del tatuaje; y al igual que en el grafiti, al poco tiempo el nombre del Shamo ya era reconocido entre los tatuadores y los amantes de este arte.

Al otro lado del estudio, Sebastián Carvajal pega el boceto de un ancla en el antebrazo de un cliente. Es la segunda sesión del tatuaje. Quita el papel y cuenta que conoció al Shamo en el colegio El Jomar; “porque era el pelado que siempre hacía los murales y mucho queríamos ser como él; era un referente a seguir”.

Se volvieron amigos y luego socios para crear ‘Mansha’, lo que ambos aseguran se ha convertido en una familia de siete tatuadores, seis de ellos envigadeños. Todos han sido alumnos del Shamo y en eso también, dicen, es el mejor, en enseñar, al punto que en la reciente convención internacional se adjudicaron dos premios en distintos estilos, porque allí hay para todos los gustos.

“Él nunca se ha negado a compartir el conocimiento y eso lo hacen pocos en este gremio. Aquí todos llegamos a aprender y mira lo qué es esta casa; yo le debo todo como artista y como persona porque también aprendí que para ser el mejor hay que tener pasión y disciplina y eso le sobra al Shamo”, asegura Sebastián, mientras traza la primera línea, aunque su máquina no produce sonido. Funciona con motor y no con bovina.

Algunos dibujos del Shamo- nunca nos dijo su nombre- adornan los muros del Parque Cultural Débora Arango, la carrera 43 A y otros tantos permanecen en la clandestinidad y anonimato. En el tatuaje prefiere los clásico, lo neo, aunque su estilo hace ver cada diseño especial.

Como pocos tatuadores en su piel no abunda la tinta, así lo revelan sus brazos. Habla poco y prefiere que sus dibujos hablen por él. La máquina deja de hacer corto, para y revisa el trazo. Limpia, carga más tinta y continúa. El zorro toma forma, una nueva obra está por salir ambulante por las calles de la ciudad. Una obra con la firma Shamo.

 

Por: Alejandro Calle Cardona

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@prensaciudadsur