Cuando la calle es el hogar

La Avenida de Greiff, en Medellín, tiene unos 300 habitantes de calle el mediodía. El calor hace que el olor a mugre se levante y se mezcle con el de pavimento. De vez en cuando se suma el de marihuana, pero el que invade el aire de la cuadra donde están sentados, acostados o en cuclillas los indigentes es el bazuco. Es el humo que se tiene que respirar y que sale de las improvisadas pipas o de los cigarrillos desarmados y rearmados con el polvillo que da una traba efímera. Unos 10 minutos de ansiedad y estado de alerta máxima.

PUBLICADO 3 SEPTIEMBRE 2016

Ese día el “Flaco” lleva la misma ropa del día anterior, una camiseta esqueleto negra con un estampado de la banda Iron Maiden, pantaloneta negra, usaba gorra y cargaba un morral. Tiene 40 años, un hijo que vive en Estados Unidos y unos 17 años de vida callejera. No es habitante de la calle pero ahí se refugia, “aquí tengo libertad, esta gente es parte de mi familia”. Hace unos 20 días los hicieron abandonar los bajos del puente Horacio Toro, vecino de la plaza Minorista. Sin tener para dónde más, se encaminaron a la Avenida de Greiff. Eran unos 500. El número varía de acuerdo a la hora del día y a los operativos de la Policía, pueden pasar de 200 a 400, a 100.

Los operativos del Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) de la Policía se volvieron más frecuentes. En uno de esos lo pescaron y lo encerraron una noche. Lo intentaron convencer de dejar la calle. De resocializarse. No pudieron. Al otro día estaba de nuevo con los suyos, en lo suyo. Él no es habitante de la calle, pero la Negra, una mujer que aprendió primeros auxilios y de vez en vez recupera una vida de las fauces de la droga, sí lleva varios años, dice que muchos, no dice cuántos. Sobrevive con lo que encuentra y recoge insumos para armar pipas que vende según la calidad: las hay de 500 pesos, otras más de 3.000. Menos comparte porqué vive en la calle.

Gregorio Hernández es un antropólogo e investigador que ha estado cerca a los habitantes de calle. En el Salón Versalles, en Junín, habla del tema como una responsabilidad que le debe pesar a toda la sociedad, en la que todos tienen que comprometerse.

— Ahí murió un amigo locutor, Jaime Bolívar. Él terminó ahí por la soledad. Por la misericordia, por la profesión que te coge, te escurre, te aprovecha, te saca de circulación y coge a otro. Ahí hay profesionales, cirujanos, abogados. En Barbacoas uno veía llegar abogados y parquear el carro, quedarse tres días metiendo y salir sin corbatas, vueltos una porquería. Creo que ese es el espejo que se debería mirar. Por por acá transita un hombre que era jugador de Millonarios. A él le tocó la época de Otoniel Quintana, Amadeo Carrizo y decía, ‘hombre yo preferiría tener sida a estar pasando por esta güebonada’, también ‘tengan miedo a un dolor del alma como el que estoy sintiendo yo’. Esta es gente enferma por la cual la ciudad no ha querido hacer nada. Lo de ellos es un suicidio muy lento, es pasar de algo que eran a terminar ahí, eso a esta sociedad debería sacudirnos más. 

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El sinónimo de calle, por estos lares, es droga. El bazuco es lo más barato. Es para lo que se consiguen unos pesos. El guitarrista, hasta octubre del año pasado se los rebuscaba rasgando las cuerdas de una guitarra en buses del centro de la ciudad. Con siete mil pesos coronados, aterrizaba para conseguir sus dosis. Antes de que finalizara el mes se le robaron el instrumento. Estaba ahorrando para conseguir otro. Esa era su búsqueda, tener con qué conseguir lo de su repertorio.

Pero los hay también que fuman y beben. Un taxista que tiene semanas de nueve días, tres para emborracharse, tres para recuperarse y tres para trabajar. Tiene 71 años y 43 dedicados al oficio, casi el mismo tiempo que lleva consumiendo alcohol —el antiséptico —y fumándose uno que otro ‘coso’ de bazuco. Se declara “alcohólico, apostólico y pipero”. Defiende su vida. La define como bonita y tranquila. Cuenta que el patrón le respeta sus gustos. Y ahí, en la calle tiene muchos conocidos que lo rodean y consumen con él. Su única preocupación, son los continuos operativos sorpresas del Esmad. No se ve encerrado.

Contó que hace poco fueron sacados de las laderas de la plaza Minorista y los operativos se han hecho más frecuentes en el último año. “Hay mucho abuso  de la autoridad. A unos les han pegado duro, los han reventado. Pero de acá no nos van a sacar”, comenta.

Esa es la decisión de algunos, incluso esperar la muerte, como le pasó a Testaferro.

—A Testaferro lo llevaron al hospital como cuatro días antes de que se muriera— cuenta el Flaco—. Lo montaron a un taxi y le pagaron para que lo llevara al hospital y de ahí lo llevaron a una casa que Centro Día tenía para los enfermos y él se voló de allá. Tenía como tuberculosis. Eso fue lo que lo perjudicó porque mantenía una tos muy brava. Estuvo muchos años en la droga, llegó un momento en que se enfermó mucho después de tanto abuso. El día que murió estábamos en la manga y empezó a caer un aguacero y él empezó a caminar primero que todos, muy despacio. Cuando dejó de llover todos nos subimos y nadie se dio cuenta que él estaba en esa acera, por el baño público, por la Minorista. Ya después por la mañana estaba echado ahí, muerto. Se mojó porque llovió ventia’o. Testaferro tenía por ahí unos 45 años, yo lo distinguía hace unos 15 años, lo conocí en la calle.

Esa muerte, que lamentaron los jíbaros que se mueven en este mundo, fue en el primer semestre de 2015. Acá las fechas no son necesarias. Y la lamentaron, según dicen, porque este hombre trabajó con Pablo Escobar. Que era un ladrón muy ágil, capaz de desaparecer una billetera sin que lo notaran.

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Este año, mediante un proceso de conciliación, diálogo, los habitantes de calle de Medellín fueron retirados de la Avenida de Greiff y de un lote vecino a la Minorista. Algunos han sido llevados a granjas para adelantar procesos de resocialización. El tema aún no se resuelve. Según investigaciones de la Universidad de Antioquia, el censo de esta población se mueve entre las 3.300 y 3.500 personas que tienen en la calle su hogar y volvieron a ocupar los mismos lugares. 

Los robos a carros y motociclistas es uno de los temas que no han podido resolver las autoridades. Uno de los casos que generó más preocupación fue la violación de una mujer en agosto del año pasado por parte de tres indigentes que la obligaron a detener su carro luego de atravesarle unos palos. Según el “Flaco” esto sí ocurrió y fue, a la postre, un detonante para que los sacaron de los bajos del puente Horacio Toro. Aún se han presentado dificultades con este tema de seguridad. Más allá, hace unos días, hubo un leve enfrentamiento entre los habitantes de calle que intentaron volver a tomarse este lugar y la Policía.

El río es el vértice que buscan, “¿por qué el río? porque es una ciudad que contrario a lo que puede suceder con otras que crecieron mirando hacia el río, el río Medellín siempre fue la alcantarilla. Entonces, ese espacio olvidado, fue ocupado por los marginales para ocultarse, para tener su línea de movilidad, porque les permite ir de un lado a otro de la ciudad sin atravesar centro, sin comprometerse con fronteras invisibles, entonces el río es conectividad, es refugio”, comenta el antropólogo.

Tras el retiro que les hicieron de la Avenida de Greiff, el “Flaco” se fue de la ciudad. Temas de recuperación y seguridad lo llevaron a esta decisión. Hace unas semanas, asesinaron a uno de sus amigos en la calle a puñaladas, “el tema no está fácil, está complejo”, dice. Vivir en la calle no es una decisión o una obligación de hace algunos años. Es un asunto de vieja data, ya da cuenta de la vida en la calle “El contrasueño, historias de la vida desechable” de Carlos Sánchez Ocampo, a inicios de los 90. El asunto no ha variado mucho.

El antropólogo tiene claro que en esto no hay una historia lineal. —No hay un elemento general de estos personajes. Cada quien tiene un estilo de vida. Cayeron ahí, están porque les gusta, porque se sienten más seguros que en otro sector.

Andrés Velásquez

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Fotos: Matheo Agudelo- Instituto Henry Agudelo