Por: Juliana Vásquez Posada

73 adultos mayores conformaron una sola familia desde que la Alcaldía de Itagüí los reunió en el asilo Huellas del Ayer. Juntos disfrutan la vejez y le hacen frente a la soledad y el abandono. Esta es su historia.

MARZO 18|2020

A Luz Amparo se le aguaron los ojos y se le fue la voz cuando le pregunté por su familia. Se quedó mirándome fijamente y en silencio porque prefería no recordar. Estábamos en el hogar Huellas del Ayer, que se convirtió en su casa luego de “las muchas vueltas que da la vida en un solo segundo”, me dijo.

Volvió la mirada sobre el telar en el que armaba, con toda precisión, una manilla en el popular tejido miyuki, que luego vendió por 10 mil pesos, y en segundos su rostro volvió a ser el de esa abuela feliz que se pasa horas custodiando el pasillo de la entrada de su casa para recibir a cualquier visitante, siempre en busca de una nueva conversación y por qué no, una venta.

A simple vista pareciera que Luz y todos sus compañeros viven aislados, su hogar está ubicado en San Antonio de Prado, en límites con Itagüí. Pero las instalaciones son tan hermosas y cómodas como la casa de los sueños de las generaciones de hoy: el campo a unas cuadras de la ciudad.

Don Joel es el abuelo mayor de este hogar. A sus 93 años pasa sus mañanas sentado en la mitad del jardín, observando los árboles y sonriendo cada que alguna enfermera lo saluda. No habla, pero parece que vigilara desde allí todos los movimientos de su hogar, incluso a sus compañeros, como Gonzalo, que barre otro segmento del jardín a unos pocos metros mientras escucha música vieja en un radiecito marca Sonivik que carga en su bolsillo. 

“Gonzalo no se queda quieto”, aclara Sol Beatriz Gil, la gerontóloga que lidera la atención integral de los abuelos en este hogar. Es el barrendero, el asistente de lavandería, el secretario, el vigilante, el guía, es el abuelo de las mil funciones. En su discurso siempre tiene una gran lista de empresas y oficios: “trabajé en Coltejer, Mesacé, Coltabaco, Coca Cola y Sofasa, también fui mulero, taxista, lavandero, mecánico, hice de todo porque mi papá, que era de Don Matías, me enseñó a trabajar duro desde muy joven”, me dice, mientras me mira con sus ojos negros de cuencas profundas, como si quisiera asegurarse de que le he escuchado todo y le he creído.

Nadie sabe qué tan veraz es este historial de Gonzalo, ni tampoco si es cierta la cantidad de años que dice haber laborado, pues él, como muchos otros abuelos, llegó a este hogar con el deterioro cognitivo propio de su vejez.

Los caminos de la vida

La historia de cada uno de los 73 abuelos que viven en este asilo es un universo, amplio, complejo e inagotable en el que todos los días se descubren nuevos capítulos. A muchos los cogió por sorpresa la vejez, sin compañía, sin familia, sin ahorros, sin bienestar. Y es eso precisamente lo que procuran entregarles en Huellas del Ayer, un hogar financiado por la Alcaldía de Itagüí para garantizar la calidad de vida de los adultos mayores de este municipio que han sido vulnerados en sus derechos.

“Nuestros abuelos llegan con historias muy complejas, todos han sufrido algún tipo de pérdida, algunos se quedaron sin hogar y sin red de apoyo familiar, otros no tienen una pensión o muchos terminaron, incluso, en situación de calle”, explica Gil. 

Luz Amparo, por ejemplo, lo perdió todo. Del primer gran golpe emocional de su vida prefiere no hablar mucho: perdió a sus dos hijos porque sus condiciones económicas eran muy precarias, ambos quedaron al cuidado de Bienestar Familiar y muchos años después solo supo que “fueron adoptados por una familia de Francia o de España. Nada más”. La vida la premió luego con un tercer hijo y muchos años después con una nieta, Luna, una pequeña que hoy tiene ocho años.

Pero la violencia, esa sombra que está latente en tantas tragedias de este país, la obligó a dejar su casa en Pitalito, Huila, donde vivió por más de 30 años, para volver a Medellín, su ciudad natal. De eso hace ya siete años. “Yo tenía familia aquí, pero nadie me quiso ayudar después de unos días y terminé viviendo en la calle. Vendía moñitos y manillas para conseguir la plata para comer y luego, cuando ya llevaba varios días cansada de dormir en la calle, dejaba de comer y pagaba una pieza en un hotel cerca al parque de Itagüí por 10 mil pesos”.

Luz tiene 62 años, pero parece de más. Quizás sea porque ya sabe qué se siente dormir la bajo lluvia, qué es pasar un día con hambre, cómo se siente un cuerpo sucio que no se ha bañado en días, cómo se percibe la indiferencia de los ciudadanos que miran con miedo a aquel que luce andrajoso y sin lugar en el mundo. Fue atracada, fue golpeada mientras vivió en la calle y asegura que también fue engañada por policías, “que se querían ganar unas vacaciones haciéndome pasar por delincuente”.

En uno de sus brazos tiene tatuado el rostro de una niña, “es mi nieta Luna, y el tatuaje me lo hizo mi hijo mientras yo la cargaba en mis brazos”, me dice, ya con la voz cortada. Desde que llegó de Pitalito no ve a su hijo ni a su nieta, ni sabe del destino de ellos. Nadie la visita en el hogar, pero no se siente sola, “todos estos abuelos son mi familia”, agrega, especialmente ‘florecita’ y ‘rosita’, sus dos compañeras de habitación a quienes les ayuda con su aseo personal y con el tendido de sus camas “porque son mucho más viejitas”.

Ella encontró alivio y paz como artesana, se pasa horas haciendo manillas y exhibiéndolas en un pequeño marco de icopor para que los visitantes del hogar se antojen y hagan la comprita. Otros, en cambio, encuentran satisfacción en dibujar, pintar, llenar crucigramas, escuchar música, contemplar el paisaje, conversar con otros o simplemente no hacer nada, pues en esta casa también hay espacio para aquellos cuya condición física o cognitiva les quita cualquier posibilidad de independencia y su goce está en disfrutar una comida o en abrir los ojos al día siguiente y sentirse y saberse vivos un día más.

 

 

En Huellas del Ayer se respira amor, este es un lugar para entender y disfrutar la vejez, esa etapa de la vida a la nunca queremos llegar y que inevitablemente a muchos tomará por sorpresa. Unos se encargan de sembrar y recordar su juventud en el campo, otros de cuidar sus flores en el jardín, pero también otros pasan el día sobre una silla de ruedas en silencio y bajo el calor del sol a la espera de que pasen las horas eternas mientras están al cuidado de las enfermeras.

“Aquí somos felices cuando vemos la transformación de un abuelo que al llegar a este hogar tiene la oportunidad de resocializarse y de recuperar su salud. Es muy gratificante trabajar por su bienestar en este momento de la vida en el que probablemente ya no tienen quien se preocupe por ellos”, dice emocionada Ledy Vásquez, directora de esta fundación.

Al final de la conversación, Luz Amparo se peinó, fue a la habitación por su bolso y salió sonriente. Iba para el centro de Medellín a comprar insumos para sus manillas y a “chuparse un cono”, porque salir del asilo por unas horas la hace sentir libre y útil ahora que, con sus ingresos, puede darse ese gustico una vez por semana. Antes de irse y como si hubiese leído la historia de Héctor Abad Faciolince, me dejó un consejo: “cuiden y quieran a sus papás y a sus abuelos, porque nadie piensa en la vejez hasta que está viejo. Estar solos y viejos es muy duro cuando nos echan al olvido”.

Fotos: Alejandro Calle