La noche del 16 de septiembre de 1976, con una precisión digna de mejores propósitos, efectivos de inteligencia del Ejército de la Argentina, realizaron el secuestro múltiple de diez colegiales en la ciudad de La Plata, en una operación que, con el paso de los años se conoció como «la Noche de los Lápices».

Faltaban solo cuatro días para la llegada de la primavera argentina de aquel sangriento año de 1976 y ocurrió apenas una semana antes de que se cumplieran seis meses del golpe militar que terminó deponiendo del poder a la presidente Isabel Martínez viuda de Perón (cuyo nombre de pila es María Estela Martínez Cartas, aunque usaba el de Isabel, heredado de sus días de bailarina exótica en Panamá), la segunda esposa del carismático militar Juan Domingo Perón, uno de esos dirigentes populistas que hicieron sus carreras entre los años 50 y 70 del siglo XX.

El golpe de Estado contra la señora Martínez no representaba una respuesta contra ella misma sino por el hecho mismo de representar un régimen político muy débil, apenas apoyado por una facción del peronismo –en forma creciente controlado por los grupos de izquierda- y la acción militar buscaba, de un lado, recuperar el control estatal para las élites industriales y financieras, y por el otro, evitar que el mal ejemplo chileno –cuyo experimento socialista había sido cortado tres años antes por otro golpe militar- pudiera tomar fuerza en Argentina.

Todo el cono sur estaba en manos de los militares que representaban una severa reacción anti comunista y cuyos jerarcas pusieron en marcha el denominado «Plan Cóndor», cuyos tentáculos se fueron expandiendo por toda América Latina.

En ese contexto, los estudiantes de los colegios estatales de la ciudad de La Plata habían iniciado un movimiento para reclamar que la municipalidad les pagara un subsidio para el transporte público, que los llevó a paralizar las actividades académicas para presionar al gobierno de la ciudad.

Los movimientos estudiantiles estaban cruzados o controlados o conformados por las distintas vertientes de la izquierda, tanto de la legal como de la armada y la causa del boleto de transporte se convirtió, para la izquierda y para la reacción, en un motivo de confrontación y, en especial, en la excusa que necesitaban las fuerzas de inteligencia militar para desbaratar a las organizaciones sociales y políticas.

La noche del 16 de septiembre desaparecieron para siempre Daniel Alberto Racero, de 18 años; María Claudia Falcone, de 16; María Claudia Ciocchini, de 18; Francisco López Muntaner, de 16; Claudio de Acha, de 17; y Horacio Ungaro, de 17. El estatus de estas víctimas, para el gobierno argentino, ya es de muertos. Sin embargo, sus familias, 37 años después, todavía los esperan.

La suerte de estos muchachos, sin embargo, pudo ser documentada gracias al hecho de que varios de ellos sobrevivieron a los campos de detención y tortura: Gustavo Calotti, de 18 años, que había sido secuestrado una semana antes, compartió con los otros desaparecidos los lugares de retención; Pablo Díaz, de 18 años, liberado varios años después y quien llevó el caso ante los tribunales que juzgaron a las juntas militares por sus violaciones a los derechos humanos; Patricia Mirando y Emilce Moler, ambas de 17 años en el momento del cautiverio.

 

Los testimonios de los sobrevivientes permitieron que este secuestro masivo no quedara completamente en la impunidad y, sobre todo, en el olvido. Los testimonios de Pablo Díaz fueron la base del argumento de la película homónima de 1986 que usó, entre otras, la banda sonora de un disco de larga duración del grupo Sui Generis, de Charlie García y Carlos Alberto Nito Mestre.

La dictadura argentina, que se prolongó hasta 1983 tras la derrota militar en las islas Malvinas, dejó en cifras que nunca han sido oficiales, alrededor de 30 mil desaparecidos ejecutados por las fuerzas armadas, así como otro número indeterminado de niños secuestrados de padres retenidos, que fueron vendidos en un mercado tan miserable como pródigo.

Sin embargo, en la memoria de grandes sectores de la sociedad argentina –incluso de los más jóvenes- están abiertas las heridas que dejó ese oscuro periodo de la vida de ese país, como cuando uno noche de finales de invierno de 1976 la mano asesina cortó la primavera.

 

Octavio Gómez  V.

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