Cuando se decretó el aislamiento, los templos e iglesias de todas las religiones tuvieron que cerrar sus puertas. Los feligreses y creyentes aseguraron quedar a la deriva y con el pasar de los días se inventaron distintas formas para expresar su fe y pedir el fin de la pandemia. Hoy esperan que se autorice la reapertura de templos.

POR: ALEJANDRO CALLE CARDONA

Aparecieron los altares en los balcones y ventanas. Los vecinos sacaron sus bafles para rezar el rosario y algunos aprovechaban el pico y cédula para pasar por el atrio de las iglesias y orar por algunos minutos de rodillas ante su Dios.

Los sacerdotes acudieron a las nuevas tecnologías y redes sociales para transmitir las eucaristías, mientras que las procesiones de Semana Santa se hicieron en carrozas que pasaron por las calles ante la venia de decenas de personas en los balcones, mientras que los templos permanecían en soledad.

Los cementerios prohibieron el ingreso de visitantes y a los sepelios no pueden asistir más de 15. Quienes llegan a visitar sus muertos, lo hacen desde las rejas que impiden que la mirada llegue hasta la tumba de sus seres queridos.

Los hogares también se convirtieron en templos para los cultos, para los altares a la Virgen y en el recinto de transmisión de los mensajes de la Biblia. El coronavirus también afectó la vida religiosa, pero en el recorrido que hicimos por Envigado, Sabaneta e Itagüí encontramos que la fe sigue moviendo montañas.