Sentados en el corredor frontal de su vieja casa, ven cómo pasa el tiempo y Sabaneta se convierte en una pequeña, pero poblada urbe. Alberto, María Inés y Teresa Álvarez, de 78, 81 y 87 años, conservan una de las pocas construcciones antiguas que resiste al desarrollo inmobiliario de este municipio. Con más de 100 años de estar en pie, “esta casa no tiene precio”, deja claro doña Teresa.

 

Un jardín donde crecen rosas, cartuchos y hortensias, y una virgen Auxiliadora blanca que posa allí desde hace 40 años, adornan la entrada de esta edificación de tapia, donde permanecen en el día las dos mujeres tejiendo croché. Detrás de ellas se divisa una gigante grúa de hierro, dando cuenta de que una nueva edificación se levanta en el barrio. “Nos estamos llenando de cemento”, dice a regañadientes Alberto.

Techo de barro y grandes ventanales de madera y acero, desde donde se puede ver el pasado de tres generaciones congeladas en el tiempo. Baldosa de colores, muros altos, muebles rústicos de madera y una colección de porcelanas en la sala principal. Allí resalta un cuadro que da señas de cómo era en principio la casa de los Álvarez, en la que las vacas y gallinas ocupaban gran parte del espacio de la que hoy es una gran casona.

En sus cinco habitaciones, camas de tubo de hierro y algún santo protegiendo la noche de quien allí duerme. Al final del corredor una amplia cocina y en ella, una nevera no tan antigua, contrasta con los demás elementos de la casa. Y el patio, ese lugar central de las casas campesinas, a la espera de que los más de 60 integrantes de la familia Álvarez- los posibles herederos- lo ocupen en una de sus tradicionales celebraciones.

El 14 de marzo de 1914 Luis María Álvarez le compró la casa por 2 centavos de pesos al señor Venancio Díaz, quien era propietario de grandes extensiones en aquel entonces corregimiento de Envigado. Don Luis María, arriero, y doña Eliza Díaz Palacio, campesina, decidieron que allí iban a conformar una familia, que al final fue de 21 hijos.

Por ello los tres hermanos Álvarez aseguran que sin importar la oferta que llegue por su casa, esta no se vende, puesto que “valen más los recuerdos que cualquier moneda”, dice doña María Inés, aunque reconoce que el mantenimiento de estas viviendas es complicado por su tamaño.

“Aquí mi mamá nos tuvo a nosotros halando un hilo”, relata entre risas Alberto, orgulloso de que su madre nunca visitara un hospital y que fuera una partera la encargada de atender los  21 alumbramientos.

El vecindario ha cambiado, lo saben. Lamentan que pocas casas, como la suya, sobrevivan en Sabaneta ante las tentadoras y millonarias ofertas de las constructoras. “Acabaron con las montañas, con las casas, con todo. Ya en Sabaneta nadie se conoce, ya nada es igual”, lamentan los hermanos Álvarez.

Quienes pasan por la casa azul y blanca, detienen su mirada en la imponente construcción, la cual, al parecer, seguirá detenida en el tiempo.  

 

Alejandro Calle Cardona

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