Encontrarse con ellas es algo tan fortuito como placentero. Su imponente vuelo y su plumaje multicolor embellecen desde hace ya varios meses los cielos del sur del Valle de Aburrá. Muchos especulan, pero nadie sabe en definitiva cuántas guacamayas habitan en esta zona.

 Cualquier resto de palmera y tronco seco les sirve de refugio y se pasean de parque en parque en busca de alimento, mientras que, quienes logran divisar su vuelo, detienen el caminar para disfrutar del espectáculo. De a dos o de a cuatro, estas aves se convirtieron en las nuevas habitantes del Aburrá Sur.

Se les ha visto en Itagüí, Sabaneta y Envigado. No son de aquí ni son de allá, como diría el cantautor argentino Facundo Cabral. Iniciando la década de 1990 al Zoológico Santa Fe fueron llegando guacamayas, loros y otros papagayos, decomisados por las autoridades o por quienes los habían comprado ilegalmente, y luego comprobaron que el mejor hábitat para estas aves no estaba en una jaula.

Poco a poco se fueron recuperando de su mal estado a causa del cautiverio y liberadas posteriormente para dominar los cielos del Valle de Aburrá, quizá uno de los pocos centros urbanos convertido en refugio de la familia de los papagayos, gracias a su rápida reproducción.

Ahora despliegan sus alas y emprenden por las laderas su vuelo, el mismo que muchos esperamos que no acabe nunca ni por mano del hombre ni por ciclos de la naturaleza, aunque éste último es inevitable.

Vecinos de Sabaneta aseguran, orgullosos, que ellas habitan en su municipio, en tres troncos secos de palmeras a las afueras de la Unidad Deportiva Zona Sur. Que disfrutan de la tranquilidad que allí se vive y que sus residentes cercanos las alimentan en sus balcones como si se tratara de un miembro más de la familia.

Aunque algo esquivas, el lente del sabaneteño Luis Valencia las capturó, congelando por uno segundos este regalo de la Madre Naturaleza.