Una pequeña rosca esponjosa hecha de almidón de yuca y queso, que combina perfecto con el chocolate, el café o la aguapanela. Una pieza maestra de la “parva colombiana” que se sirve en cualquier comida del día. Ese es el pandequeso. Y también es un puente, o al menos los es para los envigadeños e itagüiseños. Pero ¿de dónde este nombre tan peculiar?

PUBLICADO 19 DE JULIO 2021 | Juliana Vásquez Posada

“Nos vemos en ‘el pandequeso’”. Esta frase selló durante décadas la promesa de muchos encuentros en un reconocido sector a borde la Autopista Sur, que sirvió como acopio de buses, bailadero y, por supuesto, comedero de quienes no estaban dispuestos a perderse del mejor pandequeso de toda la ciudad.

De este pandequeso no queda más que el popular nombre entre las generaciones que tuvieron la fortuna de conocerlo y algunas otras que, aunque nunca estuvieron allí, heredaron la costumbre de sus padres y abuelos de llamar así al sector donde hoy está el puente Simón Bolívar, que conecta a Envigado e Itagüí, y que es vecino de la estación Envigado del Metro.

En mis vagos recuerdos de infancia tengo uno particular de este sector. Era el año 92 y en mi casa teníamos una empleada de servicios domésticos que llegaba los domingos en la noche y se iba los sábados por la mañana. Su familia vivía en Montebello y mi hermana y yo convertimos en todo un paseo el hábito de montarnos cada sábado en el asiento trasero del carro familiar para ir a llevar a Yeni al ‘pandequeso’. Ya no había restaurante, no había bailadero, y yo no entendía por qué mis papás llamaban ‘el pandequeso’ a una simple bahía improvisada en la que bajaban y subían de diferentes buses muchas personas con maletas, costales, cajas y gallinas.

Pero la historia de este peculiar pandequeso se remonta a cientos de años atrás cuando apenas nacía Envigado. “El sector se consolidó desde siempre como un cruce de caminos, pues todas las ciudades tienen lugares de georeferencia que son compartidos. En el caso del pandequeso, allí se dio la unión y el paso obligado de Itagüí hacia Envigado y viceversa, pues ya existía un camino indígena que después se volvió un camino real con la llegada de los españoles y que, posteriormente, en la época republicana se convirtió en una vía principal”, explica Carlos Gaviria, historiador de la Casa de la Cultura de Envigado.

Incluso la religión fue un aspecto muy importante y con bastante incidencia en la conformación del sector y la construcción del primer puente elevado sobre el río Medellín a comienzos del siglo XX. Vale aclarar que primero llegó el puente y después toda la dinámica de transportes y alimentos que le dieron el nombre de ‘el pandequeso’.

Bien es sabido que alrededor de las iglesias empezaron a conformarse las ciudades y la historia del puente no fue la excepción. “Para 1775 el padre Cristóbal José de Restrepo y Vélez era el sacerdote de Santa Gertrudis y responsable de ir a dar la misa en Itagüí, pues ambos municipios pertenecían al mismo curato. Ese paso del río para ir de un lugar a otro debió ser muy complejo, aun teniendo bestias, sobre todo en épocas de invierno donde el río se crecía tanto. Por eso se construyó el puente”, relata John Fabio Valderrama, orientador de los Vigías de Patrimonio Local de Envigado.

Con la aparición de ese primer puente en madera, que data de los años 20, el sector se convirtió en una oportunidad para viajeros y transportadores que se movilizaban hacia el sur del Valle de Aburrá y el Suroeste antioqueño. A falta de una terminal de transportes, que se construyó muchos años después, este era el acopio perfecto para quienes no querían desplazarse hasta la calle Balcanes, en el centro de Medellín, donde se parqueaban los carros que viajaban de punta a punta por todo el valle.

‘El pandequeso’ era como una terminal improvisada donde había ventas de comida, de licor y hasta un bailadero. Incluso en su época también circuló entre la gente el famoso mito del diablo con aspecto de hombre que se sacó a bailar a una mujer y ella lo descubrió al mirarle las patas, “pero esos cuentos los echaban los mismos curas para que la gente dejara de frecuentar esos lugares”, explica John Fabio entre risas.

Hay quienes también creen que el nombre original no fue una chapa impuesta por los deliciosos panquesos que vendían allí, sino que se dio por la curva en forma de pandequeso que empezó a formarse en el sector con el paso de los vehículos que buscaban cruzar el puente. Pero muchos prefieren darle el crédito a la rosca más apetecida de la parva criolla.

No importa si fue lo uno o lo otro. Al fin de cuentas, sí fue la dinámica cotidianidad lo que hizo que la gente le diera un nombre a este puente. De aquellos días ya no queda ni rastro en el sector. Aquí se dio una transformación vertiginosa con la llegada del Metro, el Éxito e industrias como Sedeco-Coltejer, Peldar y Sofasa.

Ahora la memoria de ‘el pandequeso’ está en manos de nuevas generaciones de envigadeños que, aunque no tuvieron el placer de comerse un pandequeso o pegarse una bailada con amigos -o con el diablo-, todavía pueden mantener vivo el recuerdo heredado de quienes sí hicieron parte de esta historia.

“Nos vemos en la bahía del ‘pandequeso’”, le dije hace poco a un amigo con el que había acordado una cita para montar en bicicleta. “Allá nos vemos”, me contestó. Me gustó comprobar que él sabía a qué lugar debía llegar. Después de todo hay lugares y momentos que la memoria colectiva nunca olvida.