Después de más de 15 años de silencio, los 1.116 tubos del órgano de la parroquia Santa Gertrudis de Envigado volvieron a sonar para engalanar las celebraciones religiosas. Esta es la historia de este rey de los instrumentos, el más grande en el Aburrá Sur.

PUBLICADO 5 DICIEMBRE 2019 | JULIANA VÁSQUEZ POSADA

Como un sonido salido de debajo de la misma tierra se escucharon las notas del órgano tubular más grande y antiguo que existe en los municipios del sur del Valle de Aburrá. Hace pocas semanas las manos y los pies del organista bogotano Sebastián Sanabria Páramo les dieron vida a los teclados que por años estuvieron relegados a ser meros objetos decorativos en un recinto religioso.

Cientos de fieles y también unos cuantos curiosos no creyentes, llegaron hasta la Santa Gertrudis para escuchar, por primera vez en casi dos décadas, este mítico instrumento que vive desde hace casi 110 años dentro de la parroquia, que fue inventado desde tiempos antes de Cristo y que ha acompañado la historia de la iglesia católica desde hace por lo menos 1.500 años.

Un decreto fechado del 17 de marzo de 1909 anuncia la llegada del órgano a la ciudad. En él, el alcalde de la época ordena a los envigadeños pintar sus casas de blanco y tapar los caños, pues Envigado debía estar a la altura de tan magno acontecimiento.

Se cree que el órgano llegó a mediados de 1910, importado desde España, según la fecha de fabricación de algunas de sus piezas, que aún conserva originales. Llegó cuando la parroquia ni siquiera tenía bancas, gracias a la gestión del sacerdote Jesús María Mejía, quien lideró los destinos de esta comunidad religiosa durante casi 60 años. A él también se le debe la construcción del templo que hoy se erige en todo el parque principal de Envigado.

Juan Carlos Ángel Gallo era apenas un niño convirtiéndose en adolescente cuando comenzó a interesarse por los órganos tubulares. Hoy, sentado en el bar Lido, en la calle 37Sur a escasos pasos de la iglesia, asegura que no sabe cómo ni por qué comenzó ese particular interés para un niño de su edad, “el que nace para matero, del corredor no pasa”, me dice en un intento de explicarme que él no escogió su oficio, sino que, naturalmente y con el paso de los años, el oficio lo escogió a él.

Juan es constructor y reparador de órganos tubulares. Un oficio tan milenario como escaso. Como él, soy hay dos profesionales en Colombia. Es envigadeño, es de la parroquia, es melómano y también abogado en formación.

Su historia de amor con ese órgano de origen español comenzó desde la infancia, cuando iba la iglesia a escuchar la interpretación de Bertha Santamaría, hija de don Luis Santamaría, el primer organista que tuvo Santa Gertrudis. Ella, que era la organista titular en la Iglesia San Juan de Dios, solo venía de visita a Envigado los domingos, para acompañar tres misas: 6, 7 y 8 pm.

Pronto descubrió la primera de sus pasiones: la música, y especialmente la interpretación de la tuba, el mayor de los instrumentos de viento-metal. Así que comenzó a tomar clases de música sin saber que su maestro lo iniciaría en ese particular oficio de desnudar órganos para afinarles piezas y sonidos.

Corría el año 1991 cuando Juan Carlos se enteró de que el ingeniero alemán Oskar Binder estaba en la ciudad para reparar el órgano de la parroquia, “yo crecí viendo el órgano malo, así que para mí fue muy emocionante pensar en que por fin lo iba a escuchar y que, además, podía ayudar a arreglarlo”, recuerda Juan.

Tenía 16 años, pero ya desde esa época su maestro vio que tenía ‘madera’ y lo ofreció como asistente para reparar el anhelado instrumento de los envigadeños. “Esa fue mi primera experiencia como restaurador, pero lo único que hacía era pasarle un destornillador al ingeniero o juntar dos palitos, porque a mí no me dejaban tocar nada”, dice con la naturalidad de quien ya se ha acostumbrado a vivir entre madera, teclados y piezas producto de la alineación de metales. Con la reparación de Binder, el órgano funcionó un poco más de 10 años.

Su vida siguió su curso, terminó el bachillerato después de haber reprobado varios años e ingresó al conservatorio de la U de A. Mientras estudiaba, también integró varias bandas en las que interpretaba la tuba y con las que tuvo la oportunidad de viajar a varias ciudades del país. En uno de tantos viajes visitó la basílica del Señor de los Milagros en Buga, conoció el órgano y le propusieron repararlo, “yo les advertí que solo sabía hacer remiendos para que siguiera sonando”, aclara Juan.

Para esa época, sin ninguna preparación profesional, este restaurador empírico comenzó a hacerse a un nombre, y este oficio, que le generaba buenas rentas, se le hizo cada vez más atractivo. “Remendé órganos como el de San Francisco en Cali, el de San José en Ayacucho con la avenida Oriental y el de la Catedral de Medellín sin ninguna experiencia profesional, después de eso decidí irme a Europa a estudiar restauración”, agrega.

Su paso por Austria durante casi un año, así como todo el conocimiento adquirido allí, le abrió las puertas de grandes y reconocidos templos religiosos que durante décadas tuvieron sus órganos en el olvido, pues requerían reparaciones de mayor nivel: la parroquia del Carmen de Ibagué, la casa provincial de las Hermanas de la Presentación, las catedrales de Pasto y Santa Rosa, la parroquia de San Antonio de prado, entre otros.

Pero pronto su experiencia académica como restaurador se quedó corta para lo que demandaba el mercado, por eso Juan Carlos decidió volver a salir de país por un par de años para estudiar construcción de órganos en Estados Unidos. A su regreso se encontró con cabinas de tubos y teclados cada vez más grandes y más destrozados: los de la Catedral de Cali, el Oratorio de San Felipe en Pasto, la capilla Cristo Maestro de la Universidad Nacional en Bogotá, la iglesia de San Ignacio en Medellín y nuevamente la de San José, “que ha sido el trabajo más largo de todos, me demoré cuatro años y medio porque ese órgano es el tercero más grande de Colombia y porque había sido restaurado previamente por una persona sin experiencia, que lo dejó destruido”.

 

A pesar de tan amplia experiencia, Juan Carlos seguía sin cumplir su sueño de ver funcionando de nuevo al órgano de su parroquia y tardó mucho tiempo en hacerlo realidad. Fue solo hasta 2017 cuando el recién llegado párroco Gerardo Díaz Molina decidió que era el momento de devolverle este magno instrumento a la parroquia.

Durante dos años y medio Juan visitó continuamente la Santa Gertrudis para trabajar en el órgano más importante que había tenido entre sus manos en su ya larga trayectoria como restaurador. Y no todo fue color rosa, la restauración, cuyo costo es y seguirá siendo un misterio, tuvo sus detractores dentro y fuera de la comunidad religiosa. “Mucha gente no estuvo de acuerdo, seguramente porque pensaban que esos recursos se podían invertir en otras cosas y porque históricamente el órgano ha sido un instrumento estigmatizado, creo que todavía hoy lo es, en el imaginario de muchos feligreses es un objeto difícil de tocar y lejano, porque no abundan los organistas que lo puedan interpretar, pero la realidad es que, aunque no es un bien patrimonial, hace parte de la historia de Envigado, habla de un momento social y cultural, y de unos valores que vale la pena conservar y creo que eso es lo que vio el padre”, explica este ‘padrino del órgano’, que luego entre risas agrega otra justificación: “además en esta parroquia todo es pomposo, y el órgano, que es el instrumento sagrado por excelencia, le da más sobriedad a las ceremonias”.

La reparación de este órgano español trascendió fronteras y lo convirtió en una mezcla de materiales importados de países como Estados Unidos, Alemania, Hungría y Holanda. Muchas piezas pudieron ser reparadas, otras tuvieron que ser construidas de cero. Hoy, los 1.116 tubos que lo componen están resguardados en una estructura de madera de más de 6 metros de altura, y todo un universo inimaginado se esconde detrás de esa gran caja en la que muy pocos tendrán el privilegio de adentrarse. Juan calcula que el órgano podrá funcionar bien, si se interpreta regularmente, unos 80 años.

Nueve mil pesos fue la exorbitante inversión que hizo la comunidad religiosa de la parroquia Santa Getrudis para importar este órgano hace 110 años. Hoy ya no tiene valor comercial, dada su antigüedad, y uno nuevo de características similares podría valer 1.500 millones de pesos, una cifra que ratifica el interés del párroco y de la comunidad en conservarlo.

Los sonidos de este órgano son un sueño cumplido para Juan, como restaurador y como feligrés. Ahora se concentrará en arreglar los de la Catedral de Ibagué, la parroquia Nuestra Señora del Rosario en Itagüí y la iglesia La Ermita de Cali, con la esperanza de que los Envigadeños encuentren deleite en la interpretación de este instrumento y en la solemnidad que le imprimirá durante muchas décadas a las celebraciones religiosas.