Durante estos días de asilamiento he optado por apelar a mi imaginación cual Emily Dickinson, la poeta norteamericana: “desde mi ventana que no es mía, escucho todas las voces ajenas que me relatan el mundo exterior, oigo la voz de la noche y del sol, me llega la voz de los grillos (…)

ABRIL 28| 2020

Y es que cuando uno está atrapado en su propia casa es muy importante tener una ventana para conectarse con lo que pasa afuera, que por estos días es básicamente nada, ante lo que, cualquier cosa, puede ser un gran acontecimiento. Lo primero que hago cuando me levanto es correr las cortinas y ver hacia afuera. Me quedo mirando para descubrir la calle y especular sobre la gente y sus historias, generalmente amanece un habitante de calle dormido en una esquina. Entonces observo cómo está vestido, sí lleva o no zapatos, si es joven o viejo.

Un habitante de calle duerme, parece cómodo bajo la sombra de ese árbol, con un bolso de almohada y sus pies descalzos encima de un costal. Está todo vestido de negro y tiene una pulsera amarilla, sus manos en el pecho. Todo es silencio.

Por mi ventana veo con frecuencia el carro de Emvarias del que se bajan dos señores; mientras uno hala la manguera, el otro va lavando rápidamente la calle. Después, otro día de la semana, veo por varios minutos el carrito de color naranja en el que se recoge la basura con un rastrillo, permanece solo en mitad de calle, el sonido de la escoba que barre de un lado al otro interrumpe el silencio, hay pausa y se oye de nuevo, no se ve nadie, ni a quien barre.

Por mi ventana he recibido sorpresas que siempre ponen en pausa lo que esté haciendo: un día llegaron los jóvenes de Zancos por el mundo e hicieron un pequeño show, al final, desde las ventanas aplaudimos mis vecinos y yo. Me sentía como una niña tirándoles monedas mientras veía su alegría recogiéndolas en la calle. Una de ellas cayó a la alcantarilla y no pudieron sacarla. Hubo alegría y sonrisas en la distancia. También tristeza por el dinero que se fue.

Por mi ventana también vi cómo un martes, a las 11:11 de la noche, un hombre cantaba fuertemente una canción de Santiago Cruz que se llama, “Y si te quedas qué”, me inventé que en este edificio vivía su amor secreto al que le traía serenata. Su voz era muy bonita, estuve tentada a gritar, ¡otra, otra!

Por mi ventana he disfrutado también los días fríos que me encantan, y de la lluvia, me gusta ver cómo caen esas goteras en filitas, rápidas y brillantes, y me deleito con los atardeceres y los días de cielos de colores que son un plan perfecto para mí, así que me pierdo mirando al cielo (esto no es exclusivo del encierro).

En mis cuatro paredes y uno pocos metros cuadrados, que son mi mundo perfecto a no ser por la obligación del encierro, miro cada cosa con más detalle y detenimiento. Descubro, por ejemplo, cuando a una mata se le cae una hoja y le nace la otra, les echo agua con cariño, no como lo hacía antes, con algo de indiferencia porque iba de carrera para el trabajo. Agradezco esa compañía viva.

Lo mismo me pasa con el primer café de la mañana: sentarme y disfrutarlo sin afán es todo un ritual. Me gusta ver cómo sale humo de ese pocillo y el café pasa lentamente por mi garganta hasta darme un poco de calor. A eso le sumo las noticias de la radio que también me acompañan.

Hay días en los que decido no hacer nada y me quedó mirando para el techo por largos ratos sin pensar, repitiéndome, hoy no quiero hacer nada, días en los que simplemente me doy permiso para vivir los altibajos. En otros, pongo mi música favorita, cojo un cepillo de peinar que uso como micrófono y canto enérgicamente. Sí se lo preguntan, aunque no parezca, aún estoy cuerda.

Siempre me he considerado de una sazón cuestionable, pero también estoy innovando en recetas como el ceviche de camarones y la sopa de lentejas, que hice por primera vez, verdaderos retos culinarios que en otras circunstancias no habría enfrentado. Sí, ya todo me queda delicioso.

Me he sentido inmersa, sin proponérmelo, en esa cultura japonesa que explica un libro que se llama Ikigai esencial; término que, básicamente, se traduce en las razones que tenemos para vivir y disfrutar de cada pequeña cosa conscientemente. He leído mucho y eso me alegra porque era una tarea pendiente, el libro más reciente fue “El muerto era más grande”, de Luis Miguel Rivas, quedé tres días con un vacío extraño. Ese que deja el final de las buenas historias.

Paradójicamente, mi peor día es cuando tengo pico y cédula y salgo a la calle para comprar comida; camino rápido y me siento observada, me preocupa la gente, nos miramos como sospechosos, pocos se hablan y casi todos se evitan. No quiero acercarme a nadie y regreso a casa con el temor de que ese virus me persiga, o peor aún, que lo traiga conmigo colgando en alguna bolsa del mercado, mientras él se burla de mí.

Con el aislamiento ratifiqué que no es necesario ningún exceso para tener una vida plena, es también una especie de purga para saber a quiénes queremos cerca y para reacomodar la maleta de la vida. Es complejo, pero no tengo duda de que depende un poco de la actitud que le ponemos a esto que nos pasa. Voy un día a la vez y soy feliz con el mundo que puedo ver, desde mi pequeña ventana.

Por: Carmen Herrera  @CarmenHerreraz