La soledad de la muerte se agudiza mucho más por estos días. En los rituales fúnebres solo está permitida la presencia de máximos 12 personas por cuenta del Covid19. Así fue el sepelio de Jorge Enrique Arias Zapata, un reconocido líder comunitario en Sabaneta.

Por : Alejandro Calle Cardona. ABRIL 23|2020

“El loco” nunca estuvo solo, siempre estaba acompañado por su extensa familia o por las decenas de amigos que cosechó a lo largo de su vida y trabajo social en Sabaneta. Pero a su velorio solo pudieron asistir diez personas debido a las restricciones en medio de la pandemia. Así se vive la muerte en tiempos del coronavirus.

Jorge Enrique Arias Zapata, un reconocido líder social del barrio Betania, en el municipio de Sabaneta, murió sobre la medianoche del lunes 20 de abril en el Hospital Ces en el barrio Prado Centro, hasta donde llegaron sus cuatro hijos y un yerno para acompañarlo en sus últimas horas de vida.

Su esposa, doña Mariela Betancur, no pudo estar cerca de él, tal y como se lo había prometido en el altar cuando se casaron. El brote del Covid19 y su diabetes se lo impidieron. Tras una oración junto con su familia, don Jorge se quedó dormido, esta vez para siempre.

El féretro con su cuerpo llegó a la sala de velación Villanueva, también en el centro de Medellín, a unos 17 kilómetros de su amado barrio y de su gente, porque en Sabaneta ninguna de estas salas está presentando servicio. Allí, el salón se sentía más frío que de costumbre, las sillas que rodeaban la caja permanecieron vacías.

Dos velones, un ramo blanco cuando seguro en otras circunstancias hubiesen sido más, y un retrato suyo, acompañaron a diez integrantes de la familia Arias Betancur, incluida doña Mariela, en el ritual que solo duró dos horas y treinta minutos.

“Su velorio fue en soledad, fue duro porque solo nuestra familia somos 50 y él era una persona de la gente, de la calle, lo conocía todo el mundo. Nunca estaba solo, siempre estuvo acompañado”, relató Julián, uno de sus hijos.

La caravana fúnebre esta vez no fue larga. En la parroquia de Santa Ana esperaban otros diez integrantes de la familia. Por disposición del Gobierno nacional, las ceremonias religiosas están suspendidas y a los sepelios solo pueden asistir máximo 15 personas, separados entre sí, para minimizar el riesgo de contagio.

El dolor por la partida del “loco”, como le decían de cariño, no pudo ser desvanecido por el calor y la fuerza de un abrazo. El sonido de las palabras del sacerdote retumbaba más fuerte en un templo vacío.  Pocos se imaginan su muerte y su despedida, pero probablemente nadie se imaginaba que la de Jorge sería casi en solitario. “Seguro la iglesia hubiera estado repleta de gente de todo el municipio”, apuntó su hijo.

SU MAYOR LOCURA

El “loco” o “papeleta”, como también lo llamaban, era famoso entre muchos por su sonrisa y por sus gestos. Tenía la facilidad de estirar el labio inferior hasta su nariz, como lo hacía Popeye, y provocar la carcajada de amigos y de los niños cuando lo veían. Pero era más que eso. Desde joven se dedicó a ser comerciante, aunque pasión siempre fue el trabajo comunitario. En ocasiones, parte de sus ganancias de la venta de perros, hamburguesas y chuzos terminaba en mercados para las familias que no tenían nada en la nevera.

Jorge también lideró varios procesos en Betania y en la década de los 90 le dio la locura de lanzarse al Concejo de Sabaneta, pero solo sacó 14 votos. Tal vez allí, fue la única vez que se sintió solo en vida. “Toda la vida soñó con ser concejal y no lo logró, pero se convirtió en un activista y ayudó a varios políticos a ser concejales”, contó Julián, con quien ya iniciaba la misma tarea.

A sus 65 años, el “loco” disfrutaba de sus nietos, de un café en el parque, de las tertulias políticas, de los temas de su municipio y de lo que pasaba con su amado Deportivo Independiente Medellín. Quienes charlaban con él, sabían que era un hombre culto, educado y que no soportaba la injusticia social.

La pandemia hizo lo que nada ni nadie había logrado: que se quedara un día encerrado en su casa. Pero sabía que su gente lo necesitaba y decidió salir a su balcón todos los días a las 8:00 de la noche a hacer buya para entretener y animar a sus vecinos. Era ya una cita obligada, era su forma de decirles a todos que ahí estaba junto a ellos.

Esos mismos vecinos le cumplieron la cita después de su muerte. Ese mismo lunes, todos prendieron velas a la hora usual del encuentro desde sus balcones, oraron y le rindieron un aplauso como intento de reemplazar su ausencia en los ritos fúnebres. Aquella cuadra en Betania se llenó de luces para recordar a su loco mayor, quien quizá esperaba de ver un mundo mejor luego de la pandemia, esa misma le negó la oportunidad de un sepelio masivo, pero que no alcanzó a robarle locura que lo acompañó hasta el último día de vida.