“El balso, las guaduas, las tres palmas me convidan a comprar finca en Envigado. Soy tan joven ahora, que los deseos me hacen cosquillas dolorosas. Casi todo el día lo gasto engañando los deseos. Vamos a ver fincas, le digo a Margarita… Un día me dije, para engañarme, que todo era mío, porque en todas partes podía orinar, y pensar echado en decúbito dorsal”, así contaba Fernando González en su poema “A mi tumba” su fascinación por la vida campestre de su municipio.

Pero tal vez si el filósofo retomara aquellos caminos de servidumbre que solía recorrer en El Esmeraldal, de seguro no llegaría a su destino y quedaría envuelto en medio de las construcciones que allí se levantan. La misma suerte correría el médico Francisco Restrepo Molina y quizá los pacientes que visitaba a lomo de su caballo, no serían atendidos a tiempo.

De las cuatro antiguas rutas que comunicaban hace medio siglo las escasas diez fincas asentadas en esta zona campestre con la cabecera del municipio, tres desaparecieron por cuenta de las licencias de construcción y la aparición de las edificaciones. El único camino de servidumbre que queda fue modificado por una de las constructoras, tras una acción popular de la comunidad para evitar su extinción, la primera interpuesta para defender sus derechos colectivos.

Para llegar a la casa de Alejandro Sierra, habitante nativo de El Esmeraldal, hay que recorrer aquel camino de piedra que data del siglo XIX, sumergirse en un pequeño bosque, cruzar un guadual con señales de poda indiscriminada y uno de los pocos nacimientos que aún sobreviven; para luego subir casi un centenar de empinadas escalas bordeadas por un gran telón verde. El oxígeno adquirido en la parte baja se va agotando con cada escalón.

Allí sentado en su silla mecedora, Alejandro de 50 años, relata que su familia, los Sierra Muñoz, junto a los Castrillón y los Calle, eran los únicos que habitaban en El Esmeraldal. “Eran cinco casitas en medio de una gran manga donde cultivábamos café, plátano, fríjol, pomas. Mi papá era agricultor y mamá lavaba ropa en la quebrada La Zuñiga, la que ahora llaman Mina honda, hasta que llegaron los ricos y empezaron a construir”, cuenta mientras mira de reojo el retrato de su abuela Rita Julia Sierra, una de las fundadoras del barrio.

Recuerda Alejandro que para conseguir agua le tocaba cargar baldes y recoger el líquido de los aljibes ubicados en la parte alta (los mismos que fueron tapados), mientras que confiesa que la energía la contrabandeaba su papá, “pero ahora todo ya es legal”, aclara entre risas. Pero de eso queda poco. “Ya esto dejó de ser rural para ser urbano, apareció la gente con plata, empezaron a comprar, a construir y a perderse la tranquilidad. Ya instalan cámaras de seguridad por todas partes como si fuéramos delincuentes y los carros no dejan caminar tranquilo”, lamenta.

Detrás de la vieja construcción donde habita Alejandro y su familia, se levanta uno de los 15 proyectos de vivienda que se ejecutan dentro de la “Milla de El Esmeralda”, como fue bautizada esta zona, tras la modificación en 2011 del Plan de Ordenamiento Territorial, en la administración del exalcalde José Diego Gallo y que  aumentó la densidad poblacional de 40 a 170 casas por hectárea.

 

Acción popular

Paloma González Villafañe, quien llegó al mundo en El Esmeraldal hace 36 años, también recuerda con nostalgia su infancia campestre. En su casa finca ubicada en la calle 27sur y en medio de una gran jardinera y acompañada de sus dos perros y un gato, lamenta que ya nada queda de lo que disfrutó en su niñez.

“Vivíamos en una gran arboleda, habían pomas, guamas, barranqueras, vacas, tomábamos leche ordeñada, pescábamos corronchos en la quebradas en la Mina onda. Y ahora ni corronchos ni guamos ni pomas. Ya no se ven los búhos ni las guacamayas y las ardillas se están yendo”, cuenta Paloma, quien incluso confiesa que extraña las chuchas que caminaban por los tejados y que ahora fueron reemplazadas por las ratas producto de la remoción de tierra.

La principal preocupación de los cerca de mil habitantes de este sector de Envigado es que las nuevas construcciones han intervenido el medio ambiente sin respetar las normas establecidas. “La primera unidad que se construyó fue hace 20 años y con ella llegó la primera pelea porque intervinieron una quebrada con un box coulvert; luego interpusimos una acción popular porque estaban acabando con los caminos de servidumbre que nos sirven para comunicarnos entre vecinos y llegar al parque principal caminando”, explica Paloma.

En mayo de 2103 decenas de habitantes marcharon hacia la Alcaldía Municipal para reclamar acciones urgentes de la Administración y su alcalde Héctor Londoño y detener lo que ellos consideran la construcción desmedida en esta zona, puesto que pasaron de edificios de cinco a edificaciones de 20 y 25 plantas. Un año después y al no recibir respuestas concretas decidieron interponer una acción popular.

“Nosotros no nos oponemos al desarrollo pero sí exigimos que se respeten los nacimientos de agua, los retiros de las quebradas que deben ser de 30 metros y no de 20 ó 10 como lo hacen; que no sigan podando árboles de manera indiscriminada, porque todo esto está acabando con la flora y la fauna. Incluso ya mucha gente está vendiendo y se va, tal vez eso es lo que están buscando, aburrirnos, pero de aquí no nos vamos”, enfatiza una de las promotoras de la protesta.

Ya varias casas han sufrido fallas en su estructura, desprendimiento de taludes como en ‘El Cielo’, lluvia de cemento como la sufrida en ‘Palo de la Loma’ debido a que la mayoría de construcciones no se instalan aranes. Las escasas y estrechas vías ahora soportan el incremento de vehículos y la movilidad colapsa en horas pico, al punto que el propio alcalde Londoño asegura que “los habitantes tienen razón en sus protestas. Y aunque estamos ampliando algunas vías, eso no va a solucionar el problema de manera definitiva”.

Pese a ello, Paloma, Alejandro y demás habitantes aseguran que sus reclamos no han sido atendidos, por lo que su única esperanza está en la acción popular interpuesta y evitar que los nuevos 4 mil habitantes que llegarán en los próximo años también estén en riesgo. “El POT establece a El Esmeraldal como de riesgo medio-alto porque esta es una zona de riqueza acuífera, pero eso lo están ignorando. Ojalá no tengamos que lamentar una tragedia”, enfatiza Paloma.

“Una casa, un prado, un huerto, dos mastines, una vaca y un Maestro. Todo en un alto, para contemplar el espacio por donde llegarán mis pensamientos. ¡Esa mi casa! Y los mastines serán dos cipreses grávidos de silencio… Cipreses oscuros, quietos, hieráticos mastines… ¡Esa mi casa! ¡Y todo en Envigado!”, continuaba en su escrito Fernando González.

Aquellos espacios a los que acudía el pensador envigadeño para encontrar motivos para sus escritos se han ido desvaneciendo con el tiempo y el cemento. Solo la memoria y resistencia ciudadana preservan la ilusión de que dichos espacios algún día sean recuperados y con ello el patrimonio histórico que poco a poco se desvanece en nombre del desarrollo.

Alejandro Calle Cardona

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