Expulsado del colegio por sus actividades políticas, perseguido por la comunidad internacional como terrorista, segregado, condenado a perpetuidad por sus actividades armadas, fue el recluso más famoso del mundo, luego presidente, premio Nobel de Paz y ahora icono de la lucha por los derechos humanos y el fin de la segregación oficial en su país. Ese es un perfil a grandes rasgos de Nelson Mandela, el hombre que hace pocos días llegó a los 95 años.

 

Sobre la vida, pero sobre todo, sobre su pensamiento político se tejieron tantas consejas que cuando la marea política lo trajo de nuevo a la playa del poder, pocos sabían realmente qué era y, sobre todo qué no era Mandela.

Este hombre de la nación Shoxa, del clan Mandiba, nacido en 1918, nunca fue comunista ni socialista y, en el mejor de los casos y delante del tribunal que lo condenó a cadena perpetua, se declaró liberal.

Lo que sucedía era que hacía parte del Congreso Nacional Africano, un haz de movimientos raizales de Sudáfrica que intentaba poner fin al segregacionismo (establecido por rango constitucional) pero en cuyos matices también había movimientos comunistas afines a las ideas del socialismo soviético.

Madiba, como se le conoce en su país, ingreso al CNA en 1944 representando a la Liga de Jóvenes Africanos, desde donde se apuntaló al control de esa convergencia política. A pesar de que sus ideas eran liberales, tenía que arrimarse a las tendencias anti imperialistas y anti racistas que justificaban esa lucha.

En 1948 llegó al poder en Sudáfrica el Partido Nacional, que promulgó la constitución segregacionista, al tiempo que el CNA se replegaba hacia las ideas de la no violencia de Mahatma Gandhi.

Las vertientes de la CNA terminaron por romper su cohesión, al punto de que una nueva organización terminó cooptándola, el Congreso Pan Africano, dominado por comunistas. Mandela siguió en la nueva formación y en los años 50 se convirtió en el jefe militar del CNA en Transvaal (provincia que desapareció con el fin del racismo constitucional).

La idea generalizada de que la unidad panafricana estaba controlada por una minoría blanca comunista llevó a Mandela a reorganizar sus fuerzas, tarea en que estaba trabajando en 1963 cuando fue capturado y luego, en 1965, condenado. En ese momento, las Naciones Unidas lo consideraba un terrorista, a pesar de que sobre el gobierno de Sudáfrica pesaba un embargo económico (pero no de armas) y cuyas sanciones más graves eran exportar diamantes y oro por complejas triangulaciones con compañías de Bélgica y Holanda.

Cuando se derrumbó el campo socialista, en 1989, ya no había razones para mantener el apartheid en Sudáfrica y su largo encierro terminó convertido casi en una leyenda. Salió para reorganizar el CNA y llevarlo al poder en 1994.

Con su predecesor en la presidencia de Sudáfrica culminó la tarea de derogar el régimen segregacionista que la ley de ese país ya no tolera. Era un terrorista y volvió a la libertad para traer la paz en Sudáfrica. Ese es su aporte.

Octavio Gómez V.