Un pistoletazo y una campanada.

Eso es lo único que escucha Fabián Puerta durante el desarrollo de una prueba del keirin, y en Apeldoorn, Holanda, el pasado jueves primero de marzo, el aplauso del público local, un nuevo sonido, le confirmó al caldeño que el haber pasado del ciclomontañismo a la pista fue una decisión dura, pero que valió la pena.

“Chispas” como es conocido Fabián, dio sus primeros pedalazos en el parque de Caldas, allí bajo la mirada de su madre Adriana y de su abuelo Luis, tuvo sus primeras caídas, sus primeros raspones. También llegó la primera invitación para practicar ciclomontañismo, un amor que aún perdura, pero que fue fugaz. “En la montaña no me estaba yendo bien, estaba muy triste porque no me conformo con ser cuarto o quinto, me gusta ganar”. Pero además de la falta de resultados, lo económico empezó a pesar, “a lo último a mi padre le quedaba muy difícil, pagar la mensualidad del club, los viajes; si había para una cosa no había para la otra, si iba a un viaje no había para el mercado, fue una situación demasiado difícil”.

Pero a quien está hecho para triunfar, el camino se le allana de alguna forma y un consejero llegó a la vida de Fabián, aunque al principio no fue muy escuchado, Carlos Andrés Álvarez le insistía que fuera a la pista, pero solo le decía que sí para quitárselo de encima. Luego, tras tanta insistencia, aceptó y hoy sabe que fue la mejor decisión.

Fabián aún soñaba con las montañas, las trochas, los derrapes, los saltos, los caminos estrechos, en la pista le iba bien, pero no había pasión. “Fue muy difícil enamorarme de la pista, los primeros años lo hacía porque tenía la ilusión de ser Selección Antioquia, llegar a la Selección Colombia, pero no lo hacía con amor. A medida que fue pasando el tiempo me fui enamorando, le fui cogiendo cariño y a medida que le tomé cariño fui mejorando demasiado, hasta hoy que es lo que amo y se ven los resultados”

En ese proceso de enamorarse de la pista algo ayudó, allí conoció a una chica, Juliana Gaviria, de La Ceja, quien también empezaba a despuntar como una gran velocista y en el velódromo, rápidamente, ambos se enamoraron.

En 2011 Fabián fue a su primer mundial de pista, curiosamente en Apeldoorn, Holanda. En la velocidad por equipos junto a Rubén Murillo y Christian Tamayo fueron decimosextos, con 46 segundos y 589 milésimas, en el keirin se quedó en el repechaje de la primera ronda y en el kilómetro contrarreloj ocupó el puesto 12 con tiempo de 1:03:653. “Allí más o menos fui cogiendo el rumbo de qué era lo que me gustaba, pero no tenía todavía claro si me iba a dedicar a la pista, si era lo que quería hacer”, dice ‘Chispas’.

Fabián y Juliana han compartido ocho mundiales en selecciones nacionales, algunos muy buenos, como los dos subtítulos en el keirin en Cali 2014 y en Hong Kong 2017, pero también los difíciles, como el mundial del 2015, en Francia, donde Fabián, en unas prácticas, tuvo un fuerte accidente que lo sacó de competencia y lo envió al hospital.

El 26 de abril de 2014 a Fabián y Juliana les sonó la campana, pero no en las pistas sino en la iglesia. Desde que se casaron vinieron un montón de experiencias, el 7 de noviembre de 2017 nació su primer hijo, Maximiliano, quien es hoy la gran motivación del nuevo campeón mundial. “Quería ser Campeón este año por la llegada de mi hijo. En la carrera afronté las cosas con mucha tranquilidad aunque fue la vez en la que estaba más nervioso antes de una competencia, pero guardé la calma y afortunadamente las cosas se dieron”.

Y justamente en este mundial, el de su consagración no pudo estar al lado de Juliana y tampoco pudo tener allí a Maximiliano, “Yo siempre quise estar con el niño en Holanda, pero al final se tomó la decisión que no íbamos con él porque estaba haciendo mucho frío y el viaje era muy largo. Cuando terminé y me bajé del podio estaba hablando con Juli y me enojé y le decía que yo quería que estuvieran allá porque quería abrazar al niño en ese momento”, confiesa ya con algo de risas.

La competencia en Apeldoorn, la que le dio el soñado y trabajado oro no fue fácil, pero sí muy estratégica. Partió en el puesto cuatro, de cinco, pero adelante tenía una gran rueda, “yo estaba tranquilo porque estaba detrás de Maximilan Levy que andaba muy fuerte, y Jhon Jaime me dijo antes de salir “esta es la rueda, es la que te va a sacar” y así lo hice, afortunadamente Levy tiró y no se fundió faltando una vuelta sino faltando solo 50 metros y después ahí yo venía fuerte y logré ganar”.

Para llegar al Mundial Fabián, la Selección nacional de pista no tuvo mucho fogueo, sólo una Copa del Mundo, la de Pruszków, en Polonia, de resto preparación en el velódromo Martín Emilio “Cochise” Rodríguez, un escenario que no es reglamentario UCI, no tiene techo ni piso de madera, pero ha formado a Fabián, y otros grandes campeones del país. Pero el título llegó, gracias a la disciplina, a la constancia, al esfuerzo, y de ahí han venido muchas lágrimas, de alegría todas. “Es imposible decir cuántas veces he llorado, lloré cuando pasé la meta, cuando abracé a Jhon Jaime, cuando estaba en el podio, cuando volví a abrazar a Jhon Jaime, cuando abracé a mi bebé, son muchas lágrimas de felicidad”.

Jhon Jaime González ha sido un segundo padre para Fabián, incluso fue un consejero al inicio de su relación con Juliana, su compañera en la Selección Colombia, por eso Fabián reconoce su parte en su triunfo, “cuando estaba dando la vuelta de celebración le tiré un pico a Jhon Jaime, porque es agradecerle tantos años de sacrificio, de entrega que él ha tenido conmigo”.

A Fabián le tomó 26 años, 7 meses y 18 días convertirse en campeón mundial y vestir el jersey arcoiris, su hijo, con solo dos meses y 23 días ya viste el mismo jersey que su papá, “Giovanni Lombardi, el mánager de mi cuñado Fernando Gaviria, llegó al otro día y no sé cómo hizo pero llegó con la camiseta.

Fabián y Caldas, siguen celebrando este título mundial, incluso en la prueba que no es su favorita, pues él se siente más cómodo y feliz corriendo el kilómetro contrarreloj, igual este nuevo campeón seguirá rodando, buscando ser un ejemplo para todos los niños, sobretodo de Maximiliano, a quien quiere ver siguiendo sus pasos, o más bien sus pedalazos, aunque a Juliana, esta idea no le convenza tanto.

 POR DIEGO SANDOVAL