Un espeso humo se dibujaba al final de la Avenida La Playa. Las ropas variaban al igual que los cabellos de quienes llegaban a la fiesta. El amarillo del fuego y el verde de la yerba se unían provocando bocanadas de gritos de libertad, mientras los tambores y cornetas indicaban el rumbo que tomaría la multitud.

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Era sábado, 5 de mayo, y se trataba de la marcha por la legalización de la marihuana, que con cerca de 45 mil personas, se convertía en la manifestación más grande que se tenga conocimiento de este tipo en la ciudad y además, la más pacífica según miembros de la Policía y voceros de la Alcaldía de Medellín. Pero, ¿qué tan posible es ahora su legalización?

El presidente uruguayo José Mujica legalizó la marihuana en su país asegurando: “Alguien tiene que ser el primero, porque estamos perdiendo la batalla contra las drogas y el crimen». Así, el Estado sería el productor de la hierba y cada personas podría acceder hasta 30 gramos mensualmente y sería controlada su reventa y abuso.

Por su parte, en Colombia el debate sobre la conveniencia o no de la legalización de la marihuana, así como la preocupación por su consumo en poblaciones jóvenes del país es tema recurrente entre políticos, académicos, gobierno y defensores de la planta, sin que se haya encontrado una solución definitiva a dicho dilema y permitiendo únicamente que el problema avance sin control.

Quienes defienden su penalización acuden a argumentos de seguridad y salud pública. Por un lado, su producción y distribución se hace en la ilegalidad, provocando que sus ganancias sean disputadas por bandas criminales en barrios y zonas rurales a lo largo del país, mientras que el consumo, en gran parte en la clandestinidad, prende las alarmas en las autoridades.

Según un estudio realizado por la Fundación La Luz, el 40% de los residentes de Medellín aseguraron haber iniciado el consumo de cannabis debido a conflictos familiares, mientras que el 28,7% por gusto. El ‘Primer estudio poblacional de salud mental de Medellín’, revela que la marihuana, con un 21%, ocupa el segundo lugar de las sustancias consumidas por la población, solo antecedida por el alcohol.

Ante este panorama, y dado que solo se conoce la visión estatal y médica, CIUDAD SUR quiso conocer los planteamientos de la Comunidad Cannábica de Colombia (CCC), sin pretender motivar su consumo en poblaciones jóvenes ni mucho menos su distribución ilegal, pero sí ampliar el panorama y visibilizar otra visión dentro del debate que parece sin fin.

 “Cultura cannábica”

Informar sobre los usos médicos, industriales, recreativos y espirituales del cannabis; generar una conciencia y educación entre los consumidores para evitar su abuso, así como restringir su uso en lugares públicos, son algunas de las propuestas de David Ponce, sicólogo, activista y representante de la CCC.

Para Ponce, se ha estigmatizado el uso del cannabis en los últimos 80 años, “y nos cuestionamos del porqué actualmente la sociedad sataniza su uso y a sus usuarios, y encontramos que hay más una difusión de conceptos apasionados y policiales que científicos”.

Y es que la guerra contra las drogas ilícitas ha generado violencia y despilfarro de millonarios recursos en el país, lo que podrían haberse utilizado, según expertos, en la educación y salud para evitar su consumo desmedido. CCC asegura que “el consumidor es una excusa para perpetuar esta guerra”, puesto que si bien éste no es el que empuña un arma “sí es el que financia las balas por el mismo hecho de la ilegalidad en que se encuentra la distribución”.

Por esto, el sicólogo indica que hay que combatir el mercado negro en el que la oferta de otras sustancias más peligrosas es amplia y así permitir que el consumidor pueda acceder a ciertas cantidades de marihuana de manera legal. “Nosotros no estamos haciendo apología al consumo, pero sí hay que pedir que no se estigmatice al consumidor porque no todos son criminales ni enfermos. Solo el 20% de ellos son casos problemáticos, el resto son usuarios ocasionales, recreativos o que hace parte de su filosofía de vida”, indicó.

Para ello, la Comunidad Cannábica Colombiana propone mayor veracidad en la información y evitar que la población, especialmente los jóvenes, usen la clandestinidad para su consumo. “Cada sujeto debe ser responsable con sí mismo, entender que si consume marihuana para salir de los problemas lo único que conseguirá es más problemas”, asegura Ponce.

 ¿Qué hacer?

Según el catedrático de Farmacología de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) José Javier Meana, el consumo «lúdico» del cannabis «es un derecho que posiblemente debe reconocerse», tras lo que señaló que, salvo en algunos sectores de la población, sus efectos sobre la salud son «mínimos». De todas formas, alertó de que esto no significa que el cannabis sea «inofensivo» y que sus efectos son más perjudiciales en determinados sectores de la población. Entre ellos, citó a los adolescentes, debido a que el consumo de esta sustancia afecta a los procesos cognitivos. Por ese motivo, reclamó que se potencien las medidas preventivas.

Y es que el abuso de esta planta puede traer serias consecuencias en la salud física y metal, al igual que las drogas legales. Desde problemas pulmonares hasta afectaciones síquicas, pasando por problemas reproductivos, según algunos estudios. Sin embargo, otros análisis, revelan que el suministro en pequeñas cantidades sirve en tratamientos para el asma y el cáncer, así como para reducir los niveles de estrés.

¿Pero se informa bien a los jóvenes en los colegios? ¿Hay suficiente información y acceso a tratamientos? Según voceros de Carisma, en las aulas se aborda la prevención, “pero hay que preguntarse es cómo se está trabajando. En muchas ocasiones los estudiantes llegan con información que el docente no es capaz de controvertir”, aseguran.

Y aunque las EPS deben garantizar el acceso a tratamientos a la personas en caso de adicción, y a su familia, dichas entidades no difunden tal información. Por ello, dado la complejidad del problema, Carisma pretende descentralizar sus servicios y crear redes de apoyo en los municipios del Valle de Aburrá, puesto que es una de las zonas más complejas del departamento.

Así las cosas, el primer paso que recomiendan ambas partes es no estigmatizar al consumidor, buscar y tratar de comprender sus causas. Determinar si es decisión propia o producto de una afectación social o familiar y buscar alternativas para ello, o respetar la libertad del individuo que decide consumir, como quien consume cigarrillo o licor, un porro de marihuana.