Por sus estrechas calles y callejones corrían, se escondían y disparaban militares, paramilitares, milicianos. Sus niños, abuelos y demás trataban de huirle a las balas de los fusiles lanzadas incluso desde helicópteros, mientras los jefes ‘paras’ guiaban a los soldados para acabar al enemigo en común. Banderas y sábanas blancas clamaban por el silencio de los fusiles, del dolor.

POR ALEJANDRO CALLE CARDONA

De esas historias de terror por la comuna 13 de Medellín y que bautizaron Mariscal y Orión, ya han pasado más de 15 años aunque los disparos retumban cada vez que se le antoja al puñado de hombres, muchos de ellos jóvenes, que insisten en la violencia. Otros, en su mayoría, en cambio, declararon su revolución por la vida, una rebeldía a través del arte, la pintura, los aerosoles, los dibujos, la memoria. La vida.

Las paredes antes marcadas con los orificios de las balas, ahora son lienzos que guardan grandes graffitis y que como un imán atrajeron a millones de visitantes. Por esas mismas estrechas calles y callejones caminan turistas de Argentina, Italia, España, Ecuador, Brasil y Estados Unidos, porque hasta uno de sus expresidentes, Bill Clinton, está inmortalizado en una fotografía en el café que está en lo más alto del barrio.

Pero también llegan visitantes asombrados desde Bogotá, Cali y Medellín. Sí, de Medellín, de Laureles, El Poblado, Guayabal, porque ni siquiera quienes viven cerca se atrevían o se interesaban por conocer “la comuna”.

La transformación física incluida las escaleras eléctricas se volvieron llamativas, pero también la social, la alegría de quienes habitan esta ladera del occidente de la ciudad, la misma que recibe con sus bailes afro y urbanos a quienes llegan en busca de saber qué fue lo que pasó hace algunos años cuando la guerra hacía de las suyas.

Pero al caminar por La 13 son abordados por niños que no paran de sonreír, jugar y cantar. Y todos se antojan de ser como ellos, como niños cuando ven los toboganes en medio de las casas y se arrojan con los brazos arriba como un pequeño grito de libertad, los mismos toboganes que fueron instalados en homenaje a un pequeño que murió por una bala, de esas que llaman perdidas.

Los raperos y graffiteros crearon el recorrido, el “Graffitour”, y guían y cuentan sus historias, las que vivieron, las que sufrieron, las que lucharon, las que ganaron. Los fines de semana o en vacaciones pueden llegar hasta más de dos mil personas, las cuentas las tiene doña Consuelo Ríos, quien desde hace 7 años vende cremas de mango.

No es cualquier crema, es el postre después de caminar y enamorarse del colorido de estas calles, de sus historias. Esta mujer junto con su familia alcanza a vender mil cremas por día en temporada alta, una locura, una delicia. “Hubo un gringo que se chupó 17 cremas, él tiene el récord de más tragón, pero la verdad es que son muy ricas porque las hacemos de puro mango y amor.

Hoy la comuna 13 San Javier de Medellín padece nuevamente de los enfrentamientos entre grupos delincuenciales que se diputan el control del territorio, de las extorsiones, de las plazas de vicio, del poder. Una vez más la guerra se ensaña con su gente que siempre lucha, que quiere vivir y sus grafitis lo dicen, no quieren dolor, aman la paz, la vida.