Mezclar la tradición antioqueña, la cultura, la creatividad, la diversidad y el ambiente familiar en un mismo sitio es nada más un segmento de lo que significa Ámbar Violetazul.

En el municipio de Itagüí, al cruzar los semáforos del hospital San Rafael, se ilumina en un segundo piso una bicicleta, es el ícono que representa el lugar. Entrar es darse paso a vivir un momento absolutamente distinto, colores, formas, sonidos y un museo itinerante tan auténticos que no se encuentran en ningún otro lugar. Ámbar es, en su máxima expresión, un parche reciclado.

Natalia López a sus 24 años tuvo la idea de crear un lugar ideal, en el que su clientela se sintiera cómoda. Empezó en un pequeño garaje en el que cabían 20 personas acomodadas en cojines tirados en el suelo, de aquello sólo queda la esencia. Ahora Ámbar es una casa, con cada espacio personalizado, sus propietarios se encargan de encontrar en objetos a los que otros ya no le ven uso, un nuevo sentido.  Pero este sitio no sólo ha sido intervenido por ellos, también abrieron la oportunidad a artistas para que lo tomen como lienzo y reflejen lo que sienten por medio de sus talentos.

Es así como cada mes en Ámbar Violetazul hay una propuesta al rededor del teatro, la música, la pintura o cualquier otro tipo de manifestación artística que se conjuga para crear un ambiente único en el que se genera y transfiere cultura. Ámbar es una casa de objetos olvidados, donados, comprados a recicladores, en la plaza minorista, en el bazar Los Puentes, luego se convierten en creaciones que esta pareja se encarga de transformar para darle vida al lugar.

“Es un reto cada vez mayor, en las fechas especiales tratamos de hacer algo diferente, en amor y amistad dejamos de lado los corazones para mirar desde otra perspectiva el amor: la brujería, llenamos la casa de rezos, amarres, conjuros” , cuenta Juan Gallón, uno de sus fundadores.


Cada habitación es un mundo aparte. Al entrar se ve lo que podría pasar por la sala de la casa de la abuela, en conjunto con una mesa y sillas de diversos tamaños y colores conforman el primer salón para disfrutar. De frente a la sala  hay una habitación que literalmente está patas arriba, es un ícono de Ámbar y el espacio que más llama la atención: un niño en posición fetal, una repisa al revés y en el techo una mesa en la que posan: una tetera, una lámpara, un juego de ajedrez y hasta tapete incluido.

En el patio hay dos columpios, una hamaca, varios cojines en el suelo, sillas mecedoras, maniquís con alas, con mariposas, teléfonos antiguos, todos los objetos distribuidos de manera estratégica sin saturar, además combinados con juegos de luces que amenizan la estadía allí. Una oda a la decoración.

Antes de la cocina está ubicada la boutique, exclusivo para diseñadores independientes quienes dejan su mercancía en consignación y Ámbar les sirve de plataforma para mostrar sus creaciones. Y la cocina, por allí pasan los clientes como por su casa, saludan, charlan, se cuentan las anécdotas de vida, porque Ámbar es además una familia.

Cada espacio tiene una historia, cada objeto, cada mural, la carta misma es un cúmulo de sensaciones, aguapanela con queso, migao y cereales son alimentos que hacen parte de lo que es Ámbar: diversidad. Aquí no hay limitaciones, se respetan las ideas y orientaciones sexuales de todos, se escucha música alegre, boleros, reggae, rock y tendencias emergentes y alternativas que van surgiendo porque la idea siempre es innovar.

Tal vez por eso allí llegan jóvenes a parchar con una cerveza, los viejos a tardear tomándose una aguapanela, los niños a festejar sus cumpleaños y los enamorados a celebrar su matrimonio.


Describir este lugar es casi imposible, cada vez que se visita hay algo nuevo, algo ha cambiado, su nivel de autenticidad es tan alto que no existe una competencia directa, por eso es un sitio recomendado para vivir un momento diferente, para dejarse transportar a una experiencia sensorial. Ámbar es un parche del sur.

Juliana Rendón

periodicociduadsur@gmail.com