“Muchachos: Solo hay tierra, no hay salida. ¡Nos tapamos!”. Ese fue el grito con el que Jorge Iván Ramírez anunciaba la tragedia o por lo menos de lo que parecía ser una emergencia fatal. Siete mineros que trataban de sacar oro de un socavón en el municipio de Remedios en el nordeste de Antioquia, quedaron atrapados a ochenta metros bajo la tierra. Las esperanzas de ver la luz nuevamente eran pocas.

Un litro y cuarto de agua en una botella, algunos viejos costales que hicieron las veces de cobijas y el aire que se filtraba entre la tierra, en medio de la oscuridad, fueron la salvación de este minero de 25 años y de seis compañeros más, que desde que escucharon ese grito no tuvieron los mejores presentimientos.

A la mina Los Mangos en la vereda Providencia llegaron como todos los días diez hombres- unos más viejos que otros, unos más flacos que otros- para escarbar la tierra bajo la tierra en busca de cualquier grano que brille más que los demás. Esa diminuta diferencia podría significar un día de mercado para toda la familia o una tarde de cervezas con los amigos.

Todo parecía normal, los chistes, las risas se mezclaban con el sonido que produce la pica cuando choca contra las piedras y su eco en el largo socavón. Uno tras otro salían hasta la superficie para sacar lo extraído para volver a descender y seguir desgranando la montaña adentro sin importar el riesgo con el que a diario lo hacen.

Pero de un momento a otro, los que salieron no regresaron al fondo para seguir trabajando, pasaron los minutos y la demora generó sospechas. Un deslizamiento de tierra tapó las siete entradas a la mina. “Yo fui el primero que se dio cuenta. Al principio solo se veía tierra y nada más. Pensamos que íbamos a estar ahí cuatro o cinco días si aguantábamos”.

Así describe Jorge los momentos de incertidumbre que vivió al interior del socavón al ser víctima de un accidente de este tipo por primera vez en sus más de 14 años de experiencia como minero, oficio que aprendió de su padre, de quien también heredó el nombre. “Yo le pedía a Dios que nos sacara vivos. Pensaba mucho en mi padre y en mi hijo”, relataba pocas horas después de haber sido rescatado.

Afuera de la mina, en medio de los sofocantes 30 grados centígrados en esa región seca del departamento a las 11 de la mañana, la angustia se  apoderaba de tres mineros que salieron antes de que la tierra tapara a los demás. No sabían qué hacer, pedir ayuda era permitir el regreso de los demás, o por lo menos intentarlo, pero sabían que si el accidente se hacía público, aquella mina artesanal podría ser clausurada ahora por las autoridades. Afortunadamente la primera opción se sobrepuso.

“En medio de todo yo preferí relajarme. Les dije a todos que no gastaran esfuerzos porque sería peor, entonces me acosté a dormir”. ¡Sí, a dormir! Esa fue la reacción de John Jairo, quien con sus 43 años de vida y 17 de experiencia fue quien hizo que todos mantuvieran la calma pese a que muy pocos habrían salido con vida tras un deslizamiento al interior de una mina. El aire comenzaba a agotarse, el hambre y la sed hacían que el tiempo se hiciera más lento.

Pasaron más de ocho horas y la luz no aparecía. Solo hasta las 7:30 de la noche fueron alertados los organismos de emergencias, que inmediatamente llegaron al sitio ubicado a veinte minutos del casco urbano. Lo primero que hicieron  fue introducir mangueras para hacer llegar un poco de aire y evitar que los siete mineros murieran por falta de oxígeno.

“Nosotros empezamos a sentir golpes y que nos gritaban, nos volvió el alma al cuerpo. Entonces gritamos que todos estábamos vivos y bien. Varios se tranquilizaron, porque en algunos momentos los más desesperados se tomaban el agua y eso tenía que alcanzar hasta el final para no deshidratarnos. Yo les decía que de traguitos cada media hora”, cuenta Jorge.

A ochenta metros de vida

Las horas, que parecían eternas, iban pasando. Los mineros decidieron tratar de dormir aunque la angustia se los impedía. Algunos acudieron a viejos costales que les sirvieron como cobijas, otros sabían que el frío de la noche podría hacerles daño si no eran rescatados pronto. Decidieron dormir abrazados entre sí para darse calor. Recordando a sus seres queridos que los esperaban y orando varios lograron dormir algunas horas.

Mientras tanto, afuera, durante la madrugada, decenas de socorristas y algunos familiares de los mineros con sus manos comenzaban a remover la tierra que taponó las salidas del socavón. Uno de ellos era don Jorge Iván Ramírez, el padre de Jorge, quien no paró de escarbar hasta encontrar a su hijo porque sabía por lo que estaba pasando, pues su legado había sido la minería.

“Es un trabajo ininterrumpido en el que se hace la remoción del material para alcanzar a los mineros lo más pronto posible. Ellos siguen recibiendo aire a través de mangueras y se espera que en la tarde puedan ser rescatados”, explicó el director operativo del Dapard, capitán René Bolívar, quien desde su experticia vaticinaba un buen desenlace para lo que ya se convertía en casi un día de sufrimiento para los mineros y sus familias esa mañana de jueves, cuando ni el calor hizo que los esfuerzos cesaran.

En cuestión de minutos esa angustia se transformó alegría. Los socorristas avistaron los mineros y de repente se comenzaron a escuchar los gritos de felicidad, especialmente de John Jairo: “¡Eso!, traigan un pollito asado para ir comiendo mientras nos terminan de rescatar”.

Entre chistes, oraciones y agradecimientos fueron saliendo uno a uno en medio de una calle de honor, donde los familiares aplaudieron y se fundieron en abrazos con ellos. No lo podían creer, pocos pueden contar la misma historia.

Quien más celebró fue  don Jorge Iván. “Lo que yo hice en el hueco fue sacar la tierra en costales hacia afuera. Es que mi hijo estaba como se dice enterrado vivo y para mi nació hoy”, manifestó en medio de su felicidad.

Los siete sobrevivientes de lo que parecía una tragedia inevitable presentaban algunos signos de deshidratación y dolores de cabeza, por lo que fueron llevados al hospital de Segovia. Nada grave para lo que pudo haber pasado a tal punto que a las pocas horas ya estaba de regreso en sus casas, buscando calor en una cama cómoda y repelando comida.

Pese a que la recomendación médica fue guardar reposo y comer liviano Jorge tenía muy claro que esa historia, que le contará en el futuro a su pequeño hijo y a sus nietos, tenía que cerrarla con broche de oro.

“Yo al final pensaba mucho en todo: mi esposa, mi hijo de siete años y mi viejito que lo quiero tanto. Él me compró una gallinita y aquí estoy comiendo caldito de relajado para poderme reponer de esta”, contó entre risas, aunque sabe que tendrá que volver al socavón, al mismo que lo enterró durante 28 horas o a otro porque no sabe hacer nada más.

Desde niño dejó la escuela para convertirse en minero para repetir la historia de la mayoría de quienes habitan el nordeste antioqueño y aunque le prometió a Dios que si lo sacaba vivo de Los Mangos no volvería a la mina, sabe que si no lo hace, morirá de hambre. El oro, la tierra, lo esperan.

POR CRISTINA MONSALVE

Fotos: Cortesía