Fútbol: el sonido del amor

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En Itagüí se jugó el primer torneo nacional de Fútbol Sonoro. Reunió a 80 futbolistas ciegos del país, quienes demostraron que el amor por este deporte no tiene límites.

POR ALEJANDRO CALLE CARDONA

No se trataba del Camp Nou ni del Santiago Bernabeu. No era ni el Monumental ni mucho menos la Bombonera. Ni siquiera era el Atanasio o por lo menos Ditaires. No se jugaba en el mítico Old Trafford, pero esa pequeña cancha de manga sintética del barrio Yarumito de Itagüí se convirtió durante un fin de semana en un gran teatro de los sueños.

Parecía un campeonato más de barrio, pero no lo era. Afuera de la cancha, se alistaban los últimos detalles técnicos. Uno a uno, los futbolistas ingresaban a la grama, en formación de trencito y guiados por uno de los dos árbitros. “Acá, da un paso largo que hay una cuneta”, dijo el juez para evitar que se tropezaran y lesionaran antes de iniciar el juego. Sería injusto.

Los cinco jugadores vestían camisetas verdes, algunas de ellas apretadas más de lo normal por el exceso de abdomen, pero eso no importaba. Cerca de una de las áreas estaba Ledys, la única mujer en el terreno de juego y quien miraba fijamente a su pareja, a Omar, uno de los defensores del equipo que representaba al departamento de Quindío, aunque viviera en Campo Valdés, nororiente de Medellín.

Tomó los dos parches y se los pegó en los ojos para oscurecer totalmente su vista y luego lo besó. Le dio ánimo y le pidió que no se enojara mucho si le pegaban una patada o lo tumbaban. Le sonrió, lo miró nuevamente aunque él no le podía responder la mirada. Él, atrevido, le pidió que le ayudara a estirar y calentar antes de que se fuera. Ella, sin pensarlo, no se negó y pasó de ser su enfermera y psicóloga a ser su preparadora física y kinesióloga.

Al otro lado de la cancha, el otro equipo. Vestido de negro, representaba al local, a Itagüí, que había ganado el primer partido dos a cero. No todos tenían parches, pero sin excepción, se pusieron los tapaojos, una de las reglas del fútbol sonoro, o fútbol para ciegos como la mayoría lo conoce.

El silbato sonó. Poco a poco, y con ayuda del arquero, el único jugador que no es ciego, llegaron hasta la esquina de la cancha para hacer el ingreso nuevamente como si se tratara de la final de la Libertadores. Se formaron en hilera para escuchar sus nombres y aplaudir cuando escuchaban el de sus compañeros.

Terminado el acto de protocolo, llegaba el saludo. Todos estiraban la mano para encontrar la de su rival y cuando no tenían respuesta era porque el saludo ya había terminado. Faltaba poco y la ansiedad crecía, todos se movían y estiraban. La última reunión antes del juego era en la mitad de la cancha, el típico abrazo en círculo, las últimas recomendaciones y también la última arenga. ¡Vamos, vamos!

UNIDOS POR EL BALÓN

El fútbol sonoro nació en España en 1932 y a Colombia llegó treinta años después. Itagüí tuvo su primer equipo en 1997, pero este no duró sino algunos meses y solo hasta el 2017 se reactivó gracias a que un grupo de amigos se reunió para jugar y formar el equipo Superando Barreras.

Su fundador y gerente es Mauricio Macías, deportista de alto rendimiento, campeón de yudo en los Juegos Nacionales 2019 y estudiante de Profesional de Deportes en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid. Perdió la visión cuando era niño, pero nunca dejó de jugar al fútbol y practicar otras disciplinas, por lo que su sueño siempre fue generar opciones de recreación para quienes no pueden ver.

“El primer día llegaron solo seis muchachos y ahora somos 17, no solo en fútbol sino también en ajedrez, yudo y natación. Somos un equipo fuerte, entrenamos cuatro veces a la semana como los demás equipos, lo físico, lo táctico y la técnica”, contó orgulloso Mauricio. No es para menos, 14 de sus muchachos, como los llaman, participaron en los Juegos Nacionales.

A su lado está Sergio Giraldo, el DT del equipo. Vive en el barrio El Bolo de Itagüí y conoció a Mauricio en la universidad. Se enamoró de su trabajo y quiso apoyarlo en el entrenamiento del equipo, decisión de la que no se arrepiente a pesar de lo duro que pueda resultar entrenar un equipo de futbolistas ciegos.

“Para mí, esto es lo más lindo, me hace muy feliz trabajar con ellos, saber que pueden jugar fútbol que es el deporte más hermoso. Se hace énfasis en la ubicación de los jugadores en la cancha que se divide en ocho zonas y también en la coordinación del tiempo y espacio para lograr que se muevan bien en todo el terreno”, explicó Sergio.

Dicho entrenamiento hace que los jugadores desarrollen más su sentido de la escucha. Ahí radica la clave para ubicar el balón, a sus compañeros y el arco contrario. Quienes ven por primera vez un partido de fútbol sonoro no pueden creerlo y solo atinan a decir “son unos verracos, hermano”, como exclamó don Gustavo, quien llegó por accidente a la cancha y no se perdió ni un partido.

UNA HISTORIA DE AMOR

El juego inició y a diferencia de cualquier cancha, esta debía estar en silencio para permitir que el sonido del balón fuera escuchado por los jugadores. Los cánticos no existen en esta modalidad del fútbol, ningún espectador puede gritarle qué hacer a los futbolistas o de lo contrario el árbitro suspende el partido.

Para eso la cancha se divide en tres zonas, la 1 (defensa) es guiada por el arquero del equipo propio, la 2 (medio) por el entrenador y la 3 (ataque) por el guía ubicado detrás de cada arco contrario y quien tiene la responsabilidad de indicarle al delantero que está cerca. Para ello, este último hace sonar una varilla o moneda contra uno de los postes. «¡Aquí, aquí, Andrés, derecho, dispara!», grita desesperado a la espera de que su indicación se convierta en gol.

El balón se eleva y deja de sonar por unas milésimas de segundo, todo es silencio. Quiénes pueden ver, árbitros, el anotador, los técnicos y uno que otro aficionado, observan el recorrido del balón. Los demás solo esperan la señal del arquero si lo ataja, el pito del árbitro si es tiro de esquina o el bullicio que provoca un gol.

Andrés no tuvo suerte, su remate se fue desviado. Saque de arco y el arquero pone a rodar y sonar nuevamente el balón. Termina el primer tiempo y todos salen corriendo directo a la zona media donde los espera el profe. Sí, corriendo, porque su ubicación en cancha es perfecta y saben a dónde llegar a menos que alguien más se atraviese. Por eso algunos usan protección en sus cabezas, una especie de almohadilla para mitigar el impacto y evitar alguna lesión.

Ledys aparece nuevamente en escena. Ahora en su rol de aguatera, reparte la hidratación pero su esposo le pide que en lugar de agua le compre un Gatorade. No le dijo nada, no había dónde y tampoco había tiempo. Ambos se conocieron hace 16 años en el Centro de Medellín y fue amor a primer vista, así suele insólito. Solo basta ver la mirada de Ledys cada vez que habla de Omar.

“Es un hombre demasiado humano, es aguerrido, echado para adelante. Yo lo conocí porque los dos trabajamos en la industria del calzado, pero solo hasta hace un año nuestro amor fue posible”, confiesa. La discapacidad visual de él nunca fue una limitación, “la única era que él estaba casado y yo respetaba eso”, dice.

“VOLVEREMOS”

El profe Sergio hizo dos cambios e ingresó nuevamente a una de sus figuras en busca de la victoria, de lo contrario la clasificación a la final se iba a complicar. El juego se reanudaba e Itagüí iniciaba el ataque con Andrés a la cabeza, es incisivo, inquieto y gambeteador dentro y fuera de la cancha.

Vive en el barrio Belén Altavista, qué paradójica es la vida. De sus 18 años, dos los ha dedicado al fútbol para seguir los pasos de sus ídolos Vladimir Hernández y Daniel Bocanegra, jugadores de Atlético Nacional, del que es hincha furibundo. Entrena todos los días después de clase, y en su tiempo libre escucha los partidos del Barcelona y se imagina los goles de Lionel Messi. También se atreve a decir que su gambeta es gracias a lo que le ha aprendido al mejor jugador del mundo.

El partido es intenso, brusco y a pesar de las opciones de gol, el marcador termina en cero. El árbitro pita el final del partido y se escuchan los aplausos de los pocos hinchas. En la cancha se juntan los rivales para hablar del juego y reclamar una que otra entrada fuerte. Al final sonríen, se abrazan aunque no intercambian camisetas.

Afuera estaba esperando la fiel Ledys para abrazar a su jugador estrella. Le recibe la camiseta y lo besa nuevamente, lo ayuda a sentarse para que estire y luego lo acompaña a una tienda para comprar el hidratante que quería. No importaba el resultado, quizá es lo de menos aunque todos siempre quieren ganar. Al final el equipo de Itagüí terminó último en el torneo, pero la ilusión siempre estará viva de que algún día gritarán campeones dentro de una cancha porque afuera, en la vida, ya lo son. Esta la historia de Superando Barreras FC, la muestra de que el fútbol es más que fútbol.