Ser bombera nunca estuvo en sus planes ni en su proyecto de vida. Quería ser docente de educación física y decidió ir a la universidad para cumplir su sueño, pero cuando cursaba quinto semestre la maternidad la sorprendió y le cambió la vida para siempre. De eso hace ya más de 20 años. Ella es Gladys Liliana González Mejía, la mamá que comanda el actual el cuerpo de Bomberos Voluntarios de Caldas desde su fundación en 2011.

POR: JULIANA VÁSQUEZ POSADA | MAYO 22 DE 2019

Su primer acercamiento a un cuerpo de bomberos fue en 1998, acababa de dar a luz a su hija Ana María y padeció lo que muchas madres: depresión posparto. Su esposo José Diego se enteró de la convocatoria que los bomberos de la época adelantaban para conformar un grupo de voluntarios y vio allí una oportunidad para que Gladys ocupara su tiempo como tanto le gustaba, ayudando a los demás.

“Él nunca se imaginó que esto me iba a gustar tanto y que iba a terminar dedicando toda mi vida a este oficio. Ser bombera no es para todo el mundo, no es fácil, todo el tiempo estás expuesto a muchos riesgos. Un día sales de la casa por la mañana y realmente nunca se sabe si vas a volver en la noche”, asegura.

Su oficina está muy lejos de ser el espacio limpio y amplio que tendría cualquier líder en una organización. Lo suyo es la calle, el trabajo con la gente, por eso no le preocupa trabajar entre módulos arcaicos dispuestos a un costado del parqueadero cubierto de la estación de bomberos y liderar un grupo de 60 personas, la mayoría de ellos hombres. “Ellos saben lo que tienen que hacer y que no tenemos tiempo para lidiar con el genio de ninguno, la prioridad es atender las emergencias”, apunta mientras se pone su pesado traje.

No tiene vista a la calle, no tiene aire acondicionado. Detrás de su viejo escritorio tiene colgados varios cascos de bomberos que ya son reliquias y que le han regalado los viejos amigos que le ha dejado este oficio. Al otro lado, como una señal de protección, sobre un escaparate, y también en la pared, tiene varias imágenes de vírgenes, “soy muy devota, de ella y de la Madre Laura, porque me han mantenido sana y salva durante tantos años y después de emergencias muy difíciles”, dice Gladys, como en un afán de justificar que su buena labor se debe en parte a una ayuda divina.

20 años atrás, como ella misma lo reconoce, el bombero era aquel que apagaba incendios, pero con los años, la concepción de su profesión se ha transformado hasta convertirlos en ‘toderos’. Hacen de guardas de tránsito, de médicos, de rescatistas, de psicólogos. Y atienden emergencias desde lo más trágico, como un desastre natural en el que mueren personas y familias enteras lo pierden todo, hasta las situaciones más bizarras como tener que liberar a un gallinazo atrapado en medio de dos cables de luz.

“Aquí nos llaman por todo, en un día podemos atender hasta 30 emergencias”, se ríe y agrega: “y tenemos pirómanos propios”. Un gran porcentaje de las emergencias que se presentan en Caldas corresponden a inundaciones o accidentes de tránsito, pues el municipio tiene dos vías de alto tráfico que son paso obligado para quienes viajan al suroeste de Antioquia o al sur del país. Las demás emergencias suelen ser pequeños incendios domésticos o forestales provocados por el desconocimiento de la comunidad, sobretodo en Navidad y con los famosos globos de mecha.

Su celular no para de sonar y una nueva alerta nos interrumpe, se activan las sirenas y se escucha desde afuera la señal “código azul”. “Es una persona infartada. Nos toca ir a buscarla y llevarla hasta el hospital”, me aclara. Pero no todos los días de Gladys son rutinarios, ni con emergencias menores. Durante años ha tenido que atender grandes tragedias, casi todas causadas por desbordamiento del río Medellín o de otras quebradas durante los periodos de crisis invernal, que terminan en deslizamiento de tierras y desplome de viviendas.

La más dura que ha tenido que enfrentar ocurrió hace 10 años. “Fue horrible, no te imaginás”, dijo mientras se llevaba las manos a la frente, impotente aún. Ocurrió en el barrio Mandalay, muy cerca de la estación de Bomberos. El agua corría como si la misma calle fuera el caudal de la quebrada, por la pendiente se deslizaban carros, neveras, muebles y toda clase de enceres.

Las labores de rescate fueron complejas, muy complejas, pues el exceso de agua y los elementos de protección precarios con que contaban en ese momento no eran suficientes para que los bomberos pudieran avanzar contracorriente y ayudaran a todas las familias, “fueron muchas horas de angustia, recuerdo que hasta el carro de bomberos se nos empezó a ir con la corriente y yo le dije al maquinista que se tirara, que dejáramos ir el carro si era necesario pero que no arriesgáramos la vida”.

Por eso, aunque para muchos sea ilógico, Gladys prefiere atender incendios forestales, aunque el riesgo al que se expone sea mayor. Su sensibilidad por la tragedia humana explica lo que parece inexplicable: “lo más duro de ser bombera ha sido tener que ver morir a otras personas en mis brazos, eso para mí ha sido devastador. Siempre pienso en la madre que ya no verá más a ese hijo y por eso prefiero atender un incendio en el que el todo el riesgo lo asumimos nosotros los bomberos”.

Manuel José y Ana María, sus hijos de 18 y 21 años, han crecido con el orgullo de tener una mamá que es ejemplo, que es líder. Pero también con la angustia de que su trabajo como bombera podría arrebatarle la vida en cualquier momento. Ellos no han heredado esa pasión, no quieren seguir sus pasos y ella, como buena madre, ha respetado esa decisión.

En diciembre se graduará en Administración en Salud Ocupacional y en pocos años cumplirá la edad para pensionarse, pero no tiene planes de retiro. Sabe que eventualmente llegará el momento de colgar su casco y su pesado traje para delegar sus funciones de comandante, de la “comandante Gladys”, pero espera tener vida y salud para continuar como voluntaria, porque asegura que “solo se deja de ser bombero cuando se muere”.