¿Cómo una limusina Packard modelo 48, importada de Estados Unidos es adquirida en 35 millones de pesos? La suerte y la dicha la tuvo don Humberto Tamayo Jaramillo. Él mismo lo expresa en esta frase: “La vida le tiene a cada uno un poquito”.

POR MARCELO MONTOYA ACEVEDO @chelomontoya

La única limusina de esa marca que llegó a Colombia, la tuvo el filántropo y empresario itagüiseño Diego Echavarría Misas, y por quien se bautizó la biblioteca, un colegio y el auditorio. Benedikta Zur Nieden (alemana), su esposa y más conocida como doña Dita, la guardó en el garaje después de la muerte de don Diego, quien un día de agosto de 1971, fue secuestrado antes de ingresar a su residencia El Castillo en el sector de la Loma de los Balsos en el barrio El Poblado en ese vehículo.

DE MANO EN MANO

Pasado algún tiempo de ese trágico episodio, doña Dita decidió viajar, entonces entregó el carro a un taller para que le hicieran algunos ajustes. Al regreso, no encontró ni taller ni dueño ni vehículo. Se inició entonces la búsqueda y fue hallado cerca de la Feria de Ganado de Medellín. “Estaba en medio del rastrojo y en el olvido. Se recuperó y al tiempo lo vendió. La secretaria privada de don Diego, Nora Salazar, fue la compradora, nunca se supo por cuánto lo adquirió”, añade don Humberto.

Un sobrino de doña Nora, Francisco Delgado, se le midió a restaurarlo. “Importó todos los repuestos originales de Estados Unidos y se lo entregó al señor Gustavo Álvarez”, comenta Tamayo Jaramillo, quien además alcanzó a pintar la limusina, pero cuando se disponía a ensamblar, tuvo que detener su trabajo. “El médico murió por una bala perdida, saliendo del túnel de Guarne. Van entonces dos muertos cercanos a la limusina. Don Diego y el médico”. En ese mismo año murió la señora Nora.

Luego de la muerte de la dueña y el médico, los demás familiares dijeron que en sus planes no estaba invertir dinero en ese vehículo. Retiraron la limusina del taller y la trajeron a un garaje ubicado en el sótano de un edificio en El Poblado entre las transversales Inferior y Superior. Los repuestos fueron a parar a un apartamento. Ahí pasó muchos años. Después llegó el milagro.

 

EL DESTINO

Hace ocho años, Juan Guillermo Martínez, amigo de don Humberto, sacó de su escritorio una fotocopia a blanco y negro de un vehículo y le dijo que se quedara con ese carro. Obviamente él preguntó de quién era, y sin titubeo, le dijo que era la limusina de don Diego Echavarría Misas, la había comprado en Estados Unidos a finales de 1947 en una feria y que fue diseñada exclusivamente por la compañía Packard para el Sah de Irán Mohammad Reza Pahlaví. El vehículo fue rechazado por el Sah, a quien no le gustó el color verde. Así terminó la Packard en manos de don Diego, quien también estaba en la feria.

Don Humberto, no perdió tiempo y la fue a ver. La encontró abandonada, empolvada y hasta llena de telarañas. “Estaba rayada. Abrían la tapa del motor, se recostaban, se sentaban y eso la deterioró junto con el frío del lugar”, cuenta esa misma noche compró la limusina.

Foto: La limusina, de la que solo se tiene registro de siete en el mundo, participó hace cinco años en la primera versión del Concurso de Elegancia que organiza el Museo del Transporte.

 

UN NEGOCIO ÚNICO

En el negocio que hizo don Humberto, le dijeron que subiera al apartamento por los repuestos. Entró y se encontró un mercado persa. Todo nuevo, original, empacado de forma correcta, con sellos y marcas de Packard para restaurar. Había además facturas del año 78 por 28 mil dólares, todo un tesoro que adquirió por 35 millones de pesos.

“Me di el gran banquete de armar el carro con todo nuevo. En cuatro meses el carro estaba prendido y salimos al primer desfile en 2010, después a dos más. El vehículo lo he sacado unas tres veces para subir a Rionegro y por acá para calentarlo”, comenta.

Diego Echavarría Misas, doña Benedikta y su hija Isolda Echavarría.

Esta es la historia de la única limusina Packard que tuvo el país y que hoy conserva consigo el coleccionista y restaurador Humberto Tamayo Jaramillo, quien lleva 47 años enamorado de los vehículos. Primero fue un Oldsmobile modelo 57 que compró en el 70.

“Nunca pensé que fuera a entrar en este mundo de los autos”, confiesa. Después un Ford thunderbird modelo 64 que restauró él; más tarde un Chevrolet 57 y luego un Oberlan rojo modelo 27 y el Packard 48. “Resulté entonces de restaurador con taller”, cuenta este padre de dos hijos. Además, en diez meses hizo herramienta y fabricó de cero un carro de bomberos. “Lo terminé hace seis años, un sábado por la noche y el domingo estaba desfilando, lleva la misma cantidad de desfiles”, expresa con ese dejo de satisfacción y amor hacia los carros.