El 80 por ciento de las vías de nuestra región están diseñadas para que solo el 24 por ciento de la población pueda moverse con agilidad en sus vehículos particulares. El dato es suministrado por la Encuesta de Origen-Destino del Valle de Aburrá y nos obliga repensar de cuál ha sido históricamente la prioridad en la movilidad y las consecuencias que ha tenido para la calidad de vida.

Los gobierno municipales y departamentales se dedicaron, históricamente, como promesa de desarrollo a construir vías amplias para que los carros puedan transitar sin dificultad y los electores reclamaban lo mismo, sin importar si tuvieran o no vehículo propio.

Esas vías quedaban obsoletas al poco tiempo ante el inaudito crecimiento del parque automotor en los últimos 20 años. El caos vehicular, el ruido y la contaminación se volvieron costumbre y una problemática que aún no hemos sabido solucionar.

La primera gran alternativa de Medellín fue la construcción del sistema de transporte Metro en 1995, que con sus diferentes brazos – metrocables y rutas integradas- marcaron el futuro y evitaron que el problema fuera mayor. Solo basta recordar qué pasa en la ciudad metropolitana cuando el metro tiene fallas en su operación para entender los beneficios del transporte masivo.

Luego llegó el Metroplús y el Tranvía para llegar a muchas más comunas, lo que produjo que poco a poco fueran desapareciendo algunas rutas de buses. Por último llegó el carril SoloBus para priorizar en las vías la movilidad de los buses, que también fueron modernizando su flota.

Paralelo a ello fueron creciendo las ciclorrutas y un movimiento de ciudadanos, la mayoría jóvenes, que prefieren movilizarse en bicicleta. Sin embargo solo hasta los últimos seis años los gobiernos han puesto la mirada en esta opción y han aumentado a 44 kilómetros las rutas y se espera que en solo Medellín se logre tener 80 al terminar 2019 y 120 kilómetros en todo el Valle de Aburrá, puesto que Envigado, Itagüí y Sabaneta se han sumado.

Pero volvamos al sistema de buses. Este año Itagüí se sumó a la demarcación del carril preferencial SoloBus y por estos días Envigado hizo lo mismo. Una decisión, aunque polémica y popularmente riesgosa, muy necesaria para que ese 76 por ciento de la población que se ha visto relegada tenga mejores opciones y garantías para moverse por la ciudad.

La pirámide de movilidad señala que la prioridad son los peatones y ciclistas. Luego aparecen los sistemas de transporte masivos, más abajo el servicio público de buses, colectivos y taxis. Por último, están los vehículos particulares y el transporte de carga.

Por eso, en buena hora, los gobiernos locales con el liderazgo del Área Metropolitana, implementan diferentes estrategias para voltear la torta. Las vías ya no son exclusivas para los carros particulares, ya son compartidas con el sistema de buses y ciclistas, quienes tienen la prioridad y así deben ser respetados. Los andenes también están siendo mejorados y por las zonas céntricas de los municipios no se puede superar los 30 kilómetros de velocidad para la seguridad de quien prefiere caminar.

Muchos podrán rechazar las medidas y pegar el grito en el cielo. Criticar y aseverar que la movilidad es un caos, pero si es así no es como consecuencia de estas estrategias sino por la masiva compra de vehículos y es obligación de los gobernantes evitar que los problemas de contaminación sigan aumentando.

La tarea del Estado es seguir mejorando la prestación del servicio público, porque todavía es deficiente y ampliar los kilómetros de ciclorrutas y andenes construidos. Pero la tarea del ciudadano es cambiar el chip, meter el cambio y moverse diferente. El desarrollo no se puede medir en el número de carros vendidos sino en los tiempos para moverse en una ciudad metropolitana como el Valle de Aburrá y es el gran reto que tenemos como sociedad y no se puede desistir hasta lograrlo.