En el estudio no suena el metal ni el punk. El rap y el reguetón aparecen tímidamente y el sonido tenue de la aguja de tatuar se desvanece entre las melodías del vallenato, cumbia y el porro. Sí, un tatuador que se inspira no con ritmos gringos sino con los colombianos.

 

POR ALEJANDRO CALLE CARDONA

 

Hace parte de su esencia, de ser rebelde y libre, la libertad que encontró Sebastián Carvajal en el tatuaje desde hace siete años cuando su tío le regaló la primera máquina, la misma que estrenó en la muñeca de una de sus primas. “No quedó tan mal, algo torcido, pero todavía se ve bien”, dice entre risas.

Es delgado, pero gran parte de su cuerpo ya está tatuado por artistas y amigos. También es serio o por lo menos la mayor parte del tiempo hasta que llega alguno de sus amigos o inicia una conversación con su cliente mientras comienza a penetrar la tinta en la piel. Desde pequeño se inclinó por el arte, en el colegio dibujó manga japonesa y luego se inclinó por el dibujo arquitectónico, carrera que pudo haber estudiado, pero su rebeldía se lo impidió.

“No me gusta estar atado a las normas ni a los horarios, pero luego entendí que hay que ser disciplinado para lograr lo que sueñas y quieres ser. Toca sacrificar reuniones familiares, fiestas, amigos”, cuenta mientras hace el primer trazado de un venado. Creció El Salado, San José, La Mina y ahora vive en El Dorado, es decir, es más envigadeño que la empanada y se le nota cuando habla. Su acento lo delata, aunque su visión superó las montañas de esta tierra.

Amante a la lectura y conocimiento del arte vanguardista, renacentista y moderno. Tiene como referentes a Leonardo Da Vinci, Salvador Dalí, Picasso y Miguel Ángel, al punto de que su hijo recién nacido lleva el nombre del creador del David y la Piedad.

Confiesa que gracias al tatuaje se volvió buen dibujante y pintor, encontró en el surrealismo la técnica en la que puede ser libre y ser fiel a su filosofía de vida. “El surrealismo es más libre en el diseño, se pueden mezclar rostros con la arquitectura, que cuente una historia más completa y diferente. No me gusta ser plano en nada de lo que hago”, dice mientras carga de tinta negra la aguja y sigue rayando.

Le agradece a al artista Shamo el ser tatuador, incluso inició en su estudio, “Mansha”, hasta que hace poco más de un años abrió el propio al que bautizó Latinta, en homenaje a la tinta pero también a Latinoamérica y sus raíces. Poco a poco Sebastián se convirtió en uno de los mejores tatuadores del país y quien quiera tener alguna de sus obras en el cuerpo tendrá que esperar hasta septiembre del próximo año para lograr una cita. Perdió las cuentas pero cree que al año hace por lo menos 400 tatuajes.

Sus publicaciones en redes sociales reflejan su trabajo y la admiración de aficionados y expertos. Recientemente participó en un “Art fusión” junto con los artistas Carlos Piedrahita y Alejandro H. donde tatuaron la espalda y cadera de una mujer. “Fue una experiencia hermosa que buscaré repetir porque es algo único y te alimenta mucho como persona y artista”. Esa sola publicación superó los 2.500 likes, ¡una locura!

A sus 27 años Sebastián se considera una persona libremente feliz. Su meta es que Latinta Tatto siga creciendo, compartir su conocimiento con los que apenas inicia y si bien ganó dos premios en Expotatto, los reconocimientos no lo desvelan. “Lo más importante es que lo que haga en la vida, me haga ser mejor persona”, sentencia Sebastián.