Los datos que dejaron las elecciones del pasado 27 de mayo en los municipios del sur del Valle de Aburrá son contundentes. En Envigado, Itagüí, La Estrella, Caldas Sabaneta y Medellín ganó por amplio margen el candidato uribista Iván Duque Márquez. El segundo lugar se lo llevó el exgobernador Sergio Fajardo, el tercero Gustavo Petro y sorprendentemente Germán Vargas Lleras fracasó pese a que líderes locales emprendieron una fuerte campaña a su favor.

En lo nacional, las votaciones dejaron como ganadores absolutos a Duque y a Petro, quienes se disputarán la Casa de Nariño en una de las campañas electorales más interesantes de la historia del país debido a la participación de políticos de todos los espectros ideológicos y como si fuera poco, en una jornada sin hechos violentos por cuenta del proceso de paz que acabó con el conflicto armado con la guerrilla de las Farc.

Y este, aunque pareciera menos importante, es el futuro que se juegan los colombianos en los próximos años. La campaña del Centro Democrático ha sido enfática en la necesidad de destrozar y hacer trizas los acuerdos logrados entre el Gobierno Nacional y ese grupo, que si bien tiene defectos, ha permitido una reducción histórica en el número de víctimas fatales, desplazados, desaparecidos y expropiados o desterrados.

Es cierto que el principal reto es la lucha contra el narcotráfico y garantizar que aquellas poblaciones más vulnerables no sean nuevamente afectadas por la guerra, pero para ello era necesario finalizar con la confrontación armada. Eso sí, focalizándola ahora contra las disidencias y demás grupos armados que continúan delinquiendo.

Pero acabar con lo ya logrado es un error imperdonable. No se puede condenar una vez más al país a décadas de dolor y violencia, pero el temor hacia ese fantasma bautizado “Castrochavismo” fue utilizado por diferentes sectores políticos para justificar su interés de echar para atrás una necesaria reforma social y rural. Para nadie es un secreto que la tierra, la misma que ha sido despojada a miles de campesinos, es el gran botín y que los acuerdos de paz se convierten en un riesgo para quienes son sus poseedores y acumuladores, muchos de ellos aprovechándose de la violencia.

El plebiscito y la consulta interpartidistas de la derecha e izquierda del 11 de marzo marcaron la diferencia en los resultados. El discurso moderado y de reconciliación de Sergio Fajardo ganó terreno pero no el suficiente para lograr la presidencia, o por lo menos en 2018, aunque tiene un futuro asegurado en varias regiones del país para los próximos comicios locales.

Gustavo Petro o Iván Duque. Esa es la pregunta que muchos se hacen, aunque para otros ninguno de los dos extremos es viable para el momento que vive Colombia. Los ataques de sus seguidores aumentarán, muchos fundamentados en la desinformación a través de las redes sociales, campaña negra y alianzas políticas. Ya los partidos Conservador, Liberal y Cambio Radical anunciaron su apoyo a Duque, al mismo que atacaron hace pocas semanas. Es decir, nuevamente se fueron al mejor postor para no perder el poco poder que ostentan, aunque su credibilidad cada vez es menos.

Y esa indignación es la que hace que Petro se convierta en un candidato viable, puesto que se ha declarado enemigo de la corrupción, la politiquería y las elites que han causado a lo largo de dos siglos una enorme brecha de inequidad social. Sin embargo las dudas sobre su manejo administrativo en Bogotá no generan confianza y eso jugará en su contra.

Su mayor fortaleza es su propuesta de la salud donde asegura combatirá las EPS que no atiendan dignamente a los pacientes convertidos en clientes. También propone una reforma pensional para disminuir el déficit fiscal, garantizar la pensión de los más mayores y disminuir las ganancias de las empresas privadas de pensiones. Su propuesta ambiental también es más viable ante la amenaza minera extractivista e irresponsable que ha arrasado con miles de hectáreas de bosques en el país.

Duque por su parte, también tiene sus riesgos. El fantasma de su mentor Álvaro Uribe pesa entre los electores. Su poca experiencia y juventud dejan entrever que será influenciado en gran parte por el expresidente, que de hecho fue el gran impulsor de su campaña ¿o cuántos de quienes votaron por él lo conocían hace dos años?

Hay que recordar que en los ocho años de Uribe el enfrentamiento contras las cortes y demás ramas del poder era continuo. Lo que se sumó a irregularidades como interceptaciones ilegales, mientras que el número de desplazados y víctimas de campesinos ejecutados para hacerlos pasar como guerrilleros muertos en combate, también incrementaron.

Quedan dos semanas para decidir, pero pedirle a los electores que lean y analicen las propuestas es casi que imposible. Todos se dejan llevar por sus emociones generadas estratégicamente por sus líderes políticos que hacen uso del odio, el temor o la esperanza. El próximo 17 de junio, cuando acuda a las urnas, elija en qué país quiere vivir.