Una pequeña reja verde entre una cafetería y un banco en pleno parque de Itagüí es la puerta a un mundo que pocos conocen y casi todos ignoran. Billares El Parque es la casa, sí, la casa, de aquellos que huyen del otro mundo, el caótico; huyen jugando porque es lo mejor que saben hacer.

Ni en las mesas ni en las manos hay celulares, algo bastante extraño por estos días. El sonido del tango de Gardel no ahoga el choque de la bolas del billar ni de los dados al caer sobre el vidrio del parqués, pero sí el del pasar de las cartas. Entre las diez mesas de billar y las otras doce donde juegan cartas, parqués o dominó, se cruzan los tres meseros o promotores de juego, con sus camisas verdes, algunas de ellas con los cierres hasta la mitad dejando ver sus abdómenes gruesos y uno que otro pelo en las tetillas.

Toman los pedidos, el café, la gaseosa, la cerveza o quizá algo más fuerte, un ron o un aguardiente. Cobran mano a mano, descargan lo que piden y reclaman el dinero, es mejor así para evitar problemas cuando se pasen de los tragos y se les olvide la cuenta o pierdan el dinero en apuestas y no haya con qué pagar.

Uno de ellos es “torombolo”, así le dicen, porque pocos le conocen el nombre. Es el que más ríe, parece ebrio, pero no, o por lo menos eso creo. Es el encargado del salón de billares, donde don Manuel Estrada mira atento el chico que se juegan entre otros tres. Alrededor de la mesa se forma un corrillo, en silencio y solo se murmullan cuando creen tener el mejor tiro en sus cabezas para lograr la carambola. Y si el tirador falla, respiran y se mandan la mano a la cara. Pero siguen en silencio. Nadie dice nada.

-Cuál es el jugador más malo- le pregunto, -miré, ese que está ahí, nunca aprendió a jugar aunque viene casi todos los días- dice y se ríe porque acaba de fallar otro tiro. El taco le pega a la bola blanca, pero el sonido que causa es el sonido de la verigüenza. Él hace caras y le echa más tiza al taco como si esa fuera la razón de su mal juego. Su contrincante lo mira y se aguanta la risa o la rabia, no se sabe, solo sigue jugado resignado a la victoria segura.

Billares el Parque es una vieja casona de por lo menos unos 150 años, pero que sigue en pie como si nada. Nadie se pone de acuerdo en hace cuántos años este lugar recibe a jubilados y jugadores, unos dicen que sesenta, otros setenta y algunos hasta ochenta. Lo que sí saben es que antes de billar fue restaurante, Restaurante El Cisne, pero agradecen que allí ya no sirvan comida sino trago. Y en eso todos coinciden.

En el otro salón, el de las cartas, está el otro guardián verde, Iván Escobar. No le tienen apodo, es el más serio, el más antiguo en el billar, incluso lleva más tiempo que sus actuales administradores, se sabe toda la jugada, arma los juegos, consigue quien se anima a apostar, grita la condiciones, el valor del juego y acomoda la silla, el mantel, el remis.

Allí el dinero circula más, las monedas y billetes pasan de un lado a otro, aunque en ocasiones las apuesta pueden ser hasta de mil pesos o incluso una cerveza o un tinto. –Aquí la gente juega es el tiempo- dice Iván casi como en secreto para que nadie lo escuche. Una de las dos mujeres que están en medio de unos ochenta señores lo mira, mientras de reojo sigue pendiente del juego de su compañero, es como una especie de caponera, de un “amuleto” de buena suerte. Aunque en el próximo juego, se anima y apuesta ella sin intermediario.

Dos mesas más atrás, en un rincón cerca de la pared que se forma con las cajas de cerveza vacías, se juega el parqués, es el más entretenido de todos, los dados ruedan, se detienen, los dos jugadores tienen en una de sus manos un fajo de billetes “gruesos” y sobre la mesa la “menuda”. Cada comida o presa se paga con un billete de 10 o 20 mil pesos, no se miran, solo tiran y hacen fuerza para no tener que pagar más. –Iván tráeme una aromática pa’ estos nervios- dice uno de ellos. Los demás se ríen y solo se miran de reojo.

Todo parece tranquilo, porque pese al licor no hay borrachos cansones ni peleas, hasta que un grito vagabundo aparece, las caras se voltean aunque ya saben quién es. El canto, o eso dice que es, de Santana, ya es una tradición en el lugar; unos lo miran con risa, pero otros con desidia. Canta flamenco, baila parrandera, sea lo que sea, Gustavo Escobar, como se llama en realidad, termina con la frase “cien de quesito y un pan” y torombolo le hace el coro.

Es un mundo único para quien no lo frecuente. Desde que abre sus puertas a las ocho de la mañana, los más viejos llegan a jugar a mitad de precio, promoción que dura hasta el mediodía. No se ven caras jóvenes, aunque todos disfrutan la vida como niños porque al final eso somos todos así nos olvidemos de ello. Defienden el billar, las cartas, el parqués, porque aseguran que no le hacen daño a nadie y solo es un pasatiempo, porque el tiempo tal vez para ellos ya corre lento. Ese es el juego de la vida.

POR ALEJANDRO CALLE CARDONA