En el primer mundial de fútbol realizado en la Europa de la posguerra, el de Suiza (era el único país del Viejo Continente que no había quedado en ruinas tras la II Guerra Mundial) hubo varios hechos: Alemania volvió a una competencia oficial, Brasil quería olvidar su “casi tragedia” de 1950 y el gran favorito era el once de Hungría.

POR OCTAVIO GÓMEZ V

Desde finales de los años 40, con las ruinas aún humeantes de la II Guerra Mundial en Europa, con millones de soldados todavía presos en los campos de concentración, con el avance de la “Guerra Fría” entre la OTAN y los países del “Pacto de Varsovia” o “Cortina de Hierro”, con la amenaza nuclear sobre el centro del Viejo Continente, apareció la revolución del fútbol, la gran transformación nacida en la ciudad de Budapest. Era el moderno fútbol húngaro.

En el verano de 1954 se realizó en Suiza el primer mundial de fútbol europeo tras la II Guerra Mundial y se hizo en la sede de la FIFA porque era el único país con aeropuertos, hoteles y, sobre todo, estadios y comunicaciones en esa parte del mundo.

Aquel mundial era, además, uno de los primeros escenarios de la lucha, no siempre pareja, entre los países capitalistas de Europa occidental  y los comunistas del este y los favoritos eran, por los primeros, la novedosa selección de Alemania Occidental o Federal (la potencia “teutona” había quedado dividida en dos, esta era la aliada de Estados Unidos y la segunda era Alemania Democrática, de control soviético, es decir, comunista) y por los segundos, por el llamado “campo socialista”, la invencible selección de Hungría.

Revolución conservadora

El favoritismo de la selección húngara no era casual. Desde finales de los años 40, el fútbol “magyar” había iniciado una “revolución táctica” del juego, a consolidar una línea de cuatro defensas, retrasar al centro delantero para jugar en la zona de volantes y utilizar cuatro delanteros, en lugar de cinco.

Era el nacimiento de lo que los expertos llaman “4-2-4” y su alcance fue doble: utilizar una defensa más nutrida con la ayuda de dos volantes y hacer de los más hábiles y veloces, los hombres fuertes de la cancha, llevándolos a trabajar casi a lo largo de toda la cancha. Ya no bastaba con ser un jugador con dotes naturales: comenzaba la época de la preparación física como parte vital del juego.

El primero en poner en marcha estas transformaciones al juego del fútbol fue lo que entonces se llamaba “entrenador” -hoy es el director técnico- Bela Guttman, al frente del entonces MTK, junto a sus compatriotas Márton Bukovi y Gusztáv Sebes.

Los éxitos nacionales de los clubes de Budapest llamaron muy pronto la atención de los dirigentes comunistas húngaros, que vieron en el fútbol una opción propagandística para el régimen.

Sin embargo, aparte de eso, los triunfos de sus clubes y de la selección nacional  -las competiciones europeas de clubes aparecieron en 1955 y con ellos el MTK llamado entonces “Bandera Roja” fue uno de los protagonistas-  se hicieron comunes.

La primera gran conquista húngara se produjo en las Olimpiadas de Helsinki de 1952. Durante el verano finlandés, Hungría , a la que llamaban “el equipo de oro” compitió en series directas a las que fueron invitadas 25 selecciones. Los equipos de la “Cortina de Hierro” eran considerados aficionados, puesto que en sus ligas nacionales no competían como profesionales, y los del “resto del mundo” no podían presentar a futbolistas que militaran en los clubes profesionales, lo cual terminó por ayudar a los húngaros.

Aparte de esa consideración, Hungría presentó a un equipo que incluyó a sus figuras legendarias: Ferenc Puskás, Zoltán Czibor, Sándor Kocsis, József Bozsik y Nándor Hidegkuti, quienes repetirían en la cita mundialista dos años después. Fueron medalla de oro al vencer a Yugoeslavia en la final.

Carrera al triunfo

Lo que siguió de los Juegos Olímpicos de Helsinki fue apoteósico: dirigidos por Gusztáv Sebes, los once titulares -todavía no existían cambios durante el desarrollo de los juegos- lograron vencer a una poderosísima selección inglesa en el londinense estadio de Wembley a quienes derrotaron por 3-6, en un juego que presenciaron 100 mil ingleses el 23 de noviembre de 1953, apenas unos meses antes de la cita mundialista de Berna.

Los integrantes de aquella formación provenían de los equipos tradicionales de Budapest, el Hovést y el MTK Budapest FC, y para su presentación en el Mundial de Suiza lograron la insuperada marca de 32 victorias consecutivas en juegos oficiales. Eran los dioses del fútbol en el mundo ateo del comunismo soviético.

Bobby Robson, uno de los grandes futbolistas ingleses de todos los tiempos, recordó aquella goleada en Wembley diciendo que “vimos un sistema de juego, un estilo, que no había sido visto antes. Ninguno de esos jugadores significaba algo para nosotros, no conocíamos nada acerca de Puskás, ¿Cómo podía ese jovencito que estaba haciendo el servicio militar venir a ganarnos a Wembley?”.

Las primeras fases del Mundial de Suiza 54 no fue distinto de lo que pasó hasta entonces: en la primera fase le ganaron a Corea del Sur por 9-0 y a Alemania Federal por 8-3. Los alemanes clasificaron segundos en un juego de desempate contra Turquía.

En cuartos de final, los húngaros despacharon al subcampeón vigente, Brasil, por 4-2 y en la semifinal les repitieron la dosis a los campeones, los uruguayos.

Los esperaba el juego final de Berna, que sería un segundo acto de la goleada en fase de grupos contra los alemanes. Pero Dios escribe en renglones torcidos.

 Un final sin gloria y con pena

Con los antecedentes deportivos -y políticos- con que llegaron a la final, el favoritismo se inclinó a favor de los magyares: habían derrotado estruendosamente a los alemanes dirigidos por Sepp Herberger, ostentaban el récord de victorias nunca antes visto y jugaban de manera que todavía no había lo que los expertos colombianos llaman hoy en día “contra-táctica”.

Pero no: en diez minutos, los húngaros ganaban 2-0. La lluvia arreció y contra el fútbol más técnico de los magyares, el de fuerza y choque alemán se hizo más fácil. En 20 minutos ya era un empate.

Para el segundo tiempo, la lluvia, el golero alemán Tony Turek con sus atajadas y el delantero Helmunt Rahn con el tercero, sentenciaron el campeonato a favor de los alemanes y en contra de uno de los equipos más técnicos, vistosos y exitosos en la historia del fútbol. El “estilo Danubio” como se los conocía, tocó la gloria por 12 minutos. Pero no se la llevó.

A pesar de esa derrota, la generación de Puskás siguió ganando torneos y repitió dos medallas olímpicas en el fútbol (Tokyo 64 y México 68), mantuvo el invito por 18 juegos más -le repitió goleada a Inglaterra, por 7-1 en Budapest- pero nunca nada fue igual.

La generación del exilio

Hubo un hecho político que marcó el final: la revolución húngara de 1956 contra la dominación soviética, sorprendió al Hónved Budapest jugando una fecha de copa europea en España y sus jugadores se solidarizaron con el movimiento de protesta, con lo cual no pudieron volver al país (los tanques del Ejército Rojo reprimieron con toda dureza la revolución de primavera como se la conoció).

El Hónved Budapest siguió jugando como local en Suiza y fue eliminado, el onceno siguió jugando en Italia, Brasil y España. Rechazaron un asilo político que les ofreció México y, finalmente, la FIFA los declaró ilegales bajo la presión de la poderosa Unión Soviética.

Sus estrellas, tras meses de quedarse sin equipo, terminaron contratados en los clubes más importantes de Europa, lejos de su país y de sus hinchas.

Nunca más volvió a ser protagonista ni de los torneos europeos ni de los mundiales. Dios los había olvidado.