A lo largo de sus ya 53 años de historia, han sido recurrentes los acercamientos entre el Ejército de Liberación Nacional (Eln) y las corrientes más liberales de la Iglesia Católica, no solo en América Latina sino en Europa.

POR OCTAVIO GÓMEZ

El problema es que entre su clandestinidad –casi vida secreta- y los altibajos de su poderío militar, es difícil seguir un rastro claro de la evolución de esa relación entre las teorías del marxismo que llegaron de la Federación Universitaria Nacional –semilla del movimiento guerrillero- y las ideas de la Teología de la Liberación –originarias de la Conferencia Episcopal Latinoamericana realizada en Medellín en 1968-.

Sin embargo, se pueden entrever los grandes momentos en que unas y otras, el marxismo y la Teología de la Liberación (TL), se encontraron y se alejaron dentro de la historia del Eln.

El padre Camilo

En los primeros años del Eln, a mediados de la década del 60 del siglo XX, emergió la más importante figura de la izquierda colombiana hasta entonces, el sacerdote bogotano Camilo Torres Restrepo.

Además de ser hijo único de uno de los primeros matrimonios divorciados en Colombia –visto hoy, el dato puede ser anecdótico, pero en la Bogotá clerical y goda de los años 50, aquello era un escándalo de marca mayor-, Torres Restrepo pertenecía a las élites capitalinas, había estudiado en Europa y fue, como capellán de la Universidad Nacional, quien introdujo la enseñanza de la rarísima ciencia de la sociología.

En sus años europeos, Torres había conocido la experiencia de los llamados “curas obreros”, una suerte de apóstoles católicos que durante la semana eran trabajadores en las industrias, habitaban los barrios más pobres y compartían con los obreros y sus familias la experiencia de la pobreza.

Esa experiencia la transmitió a sus estudiantes de sociología en la capital del país, con quienes desarrollaba trabajo “social” como parte de las prácticas de la sociología y allí sucedieron dos cosas en el levita: que el discurso pastoral era bastante limitado para ayudar a paliar las condiciones de extrema pobreza de la mayoría de los bogotanos; y que en la Colombia rural, recóndita, silenciada, ocurría una guerra.

De la “acción social” eclesial, Torres pasó a la reivindicación política como líder de una convergencia llamada Frente Unido del Pueblo (FU), con directas conexiones con la FUN, el soporte ideológico del Eln en el campo.

Torres había sido el iniciador, desde la cátedra de sociología, del diálogo de saberes entre la izquierda –incluso la más recalcitrante- y las nuevas ideas de una pastoral más amplia, estimulada desde el Concilio Vaticano II, que por aquellos años se unía a la marea de reivindicaciones sociales de Europa (los llamados Estados de bienestar), la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, las guerras anti imperialistas de África y el nacimiento del Congreso Africano, el partido en armas del que hacía parte el dirigente liberal Nelson Mandela, en Suráfrica (sin contar, claro, las guerras en la península de Cambodia, contra el colonialismo francés y su sucesor, la guerra de Viet Nam.

El padre Camilo Torres era un che Guevara nacional pero con sotana, uno de los privilegiados del régimen que hablaba contra el régimen y las amenazas de muerte o cárcel en su contra precipitaron su llegada a la guerrilla en San Vicente de Chucurí, Santander, donde había nacido el ejército de los hermanos Vásquez Castaño.

Pero, Camilo muere en su primer combate, sin haber alcanzado a disparar su fusil y ambos, cadáver y fusil, se convierten en el trofeo que el Ejército, al mando de su íntimo amigo, el entonces coronel Álvaro Valencia Tovar, exhibirá como prueba de haber sofocado la existencia del Eln: el riesgo era tan alto que el oficial decidió enterrar el cuerpo del sacerdote en un lugar que jamás reveló. Su cadáver fue uno de los primeros desaparecidos políticos en Colombia.

Los curas españoles

Los resultados de la llamada “Conferencia de Medellín”, del Celam, no solo se reflejaron en la aparición de la llamada Teología de la Liberación (TL) entre los religiosos y laicos de la América Latina profunda y olvidada.

Sus ecos llegaron a las curias europeas donde había sacerdotes jóvenes, también influenciados por los libros del francés Régis Debray. En poco tiempo empezaron a llegar al continente los sacerdotes que empezaron a llamar a América Latina, “el continente de la esperanza”.

Domingo Laín, José Antonio Jiménez y Manuel Pérez hicieron parte de ese contingente de sacerdotes que optaron por venirse a América Latina como trabajadores entre los trabajadores.

Tal como sucedió con Camilo Torres, su primer contacto con la pobreza no fue en la guerrilla: fue en sectores como Tunjuelito y Meisen, en Bogotá, o en los cenagales putrefactos de la Cartagena que no ven los turistas, fueron expulsados del país y regresaron, en la clandestinidad.

La “Operación Anorí”, el más envolvente operativo militar hecho hasta ese momento en Colombia, en 1973, en el nordeste antioqueño y el Magdalena Medio, dejó casi exterminado al Eln que, durante los siguientes años, apenas fue una sombra en las selvas del Carare.

Los tres sacerdotes entraron al Eln en 1969. El padre José Antonio Jiménez murió en 1970, meses después de una lucha perdida contra las secuelas de una mordedura de una serpiente, y el padre Domingo Laín falleció, en 1974, durante un combate con las tropas del Ejército.

Ya sin los hermanos Vásquez, en medio de una pobreza cercana a la indigencia y viviendo del producto del secuestro extorsivo, el grupo guerrillero acuerda darle el mando de la organización al sobreviviente, Manuel Pérez.

Pero, la teología de la liberación no es un discurso “dominante” en la estructura del Eln. La presencia de la religión en esa guerrilla aparece más como una actitud, una forma de actuar y de ser. La profesora Andrea Pérez, en la revista Análisis Político (2013), lo explica de la siguiente manera:

La muerte en combate del sacerdote Camilo Torres […] lo transformó en un mártir de la revolución y en un mito reverencial para el ELN […] Camilo interpretó y actualizó uno de los más preciados preceptos del cristianismo: el sentido de sacrificio y de entrega total por los otros. Él encarnó ese principio, ese acto germinal de la tradición cristiana —el sacrificio de Jesús por la humanidad, cuyo mensaje es traducido al lenguaje de la lucha social.

Nuevos aires, mismas luchas

El Eln se convirtió en la Unión Camilista, en 1980, cuando se produjeron dos hechos: se integró el MIR Patria Libre, una minúscula guerrilla que operaba entre Córdoba y Sucre, y se construyó el oleoducto Caño Limón-Coveñas, operado por la compañía estadounidense Occidental Petroleum (Oxy Colombia).

El oleoducto representó una resurrección financiera para el grupo, puesto que las extorsiones pagadas por la firma le permitieron aumentar no solo su tamaño si no su radio de acción.

En 1982, el Eln fue el único grupo guerrillero que se negó a participar en los diálogos para un proceso de paz que convocó el gobierno del conservador Belisario Betancur y, en su lugar, propició la formación de un grupo político formal, A Luchar, cuyos integrantes corrieron la misma suerte de la Unión Patriótica: la muerte, el exilio o la clandestinidad armada.

Al final de los años 80, volvieron a ser el Eln, tras la salida de la llamada “Corriente de Renovación Socialista”, una disidencia que se había plateado, dentro de ese movimiento armado, el necesario final de la lucha armada como consecuencia del final del llamado “campo socialista”, es decir, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética.

Al final, el Cristo revolucionario que reivindicaron en la figura de los sacerdotes guerrilleros, terminó sirviendo como acicate moral, aunque nunca renunciaron a los llamados términos “científicos” de su programa político, es decir, a un marxismo leninismo ateo y racional.

El problema que deberá resolver la actual negociación de paz que adelantan es saber en qué momentos actúan como los racionalistas marxistas y en qué momento son los cristianos de base con los que han proyectado su identidad. Porque, el Cristo guerrillero ya no existe más.

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