No da tres pasos por corredores o el patio sin que alguno de los alumnos se acerque y la abrace. Dueña de una memoria extraordinaria y una sonrisa contagiosa. Posee el don de la exigencia de un militar y la bondad de una abuela. Estuvo a punto de ser monja, pero se convirtió en docente y ahora como rectora llevó a la I.E Antonio José de Sucre de Itagüí a ser el tercer mejor colegio público del país, el primero de Antioquia.

Las fechas las tiene grabadas en la memoria. En medio del bullicio de los niños en pleno descanso, Miriam Rocío Corra Arroyave cuenta que para graduarse del Colegio La Presentación, ingresó en 1972 al convento de las Madres de los Desamparados en La Doctora de Sabaneta para hacer la alfabetización enseñando matemática.

Y aunque el “sor Miriam” era una posibilidad, con el tiempo se convenció de que no tenía la vocación suficiente para la vida religiosa y renunció a ella, se alejó de la Iglesia, pero nunca de Dios. “Yo iba a hacer los votos perpetuos, pero me ofrecieron ir a un asilo a Chile, pero no me gustaba cuidar abuelitos. La otra opción era ir a chocó, pero ya tenía una mala experiencia porque nos tocaba dormir en chinchorros y pasaban las serpientes, y además solo se comía ñame y yuca. Le dije a la madre superior que no, que no servía para eso”, confiesa entre risas.

Un año después comenzó como docente de religión –tenía todo para serlo- en el colegio militar José María Córdova. Allí conoció al profesor de ciencias sociales José Guillermo Saldarriaga, con el que se casó a sus 23 años y tuvo dos hijos.

En 1988 ingresó oficialmente al magisterio, fue enviada a Peque, un municipio del occidente antioqueño que limita con Ituango, quizá una de las zonas que más sufrió por cuenta de la guerra de guerrillas. Pasó de todo junto con su pequeño hijo Juan Esteban, a quien se llevó con ella.

No aguantó pensar que le podía pasar algo y estar lejos de su otra hija. Pidió el traslado y fue enviada a un colegio de Itagüí, pero hizo trueque con una compañera de Bello, donde vivía en ese entonces. En 1995 se postuló para ser rectora y fue aprobada para dirigir un colegio en Maceo, en el Magdalena Medio, pero lo rechazó porque ni siquiera sabía dónde quedaba.

El primero de agosto de ese año llegó al Juan Echavarría Abad, un pequeño colegio que funcionaba en una casa vieja en el barrio El Pedregal, zona rural de Itagüí. La pobreza y la violencia fueron los primeros retos que tuvo que enfrentar la nueva rectora, pero su disciplina jugó un papel crucial aunque sabía que tenía que ser prudente o de lo contrario saldría al poco tiempo.

Los buenos resultados la llevaron a ser nombrada el 12 de julio de 2004 como rectora de “La Sucre” en el barrio Las Independencias, también de Itagüí, famoso, en ese entonces, por el bajo nivel académico, la indisciplina de gran parte de sus estudiantes y una instalación vieja y obsoleta.

“Lo primero que supe es que al colegio lo conocían como “la mugre”. Ese año fue la primera promoción de bachillerato y en los Icfes quedamos en nivel inferior. Comenzamos a exigir, los estudiantes y las familias fueron acogiendo nuestra filosofía de la disciplina, para lograr mejorar lo académico pero también el comportamiento de los jóvenes”, explicó la docente.

Aseguró que la clave fue el compromiso de sus 48 profesores y coordinadores, así como el apoyo de las últimas alcaldías de Itagüí. “No tengo la obligación de hablar bien de los políticos, pero los últimos alcaldes nos dieron todo para mejorar”, advierte.

Sufrió durante tres años mientras se construía la nueva sede; sus estudiantes tuvieron que recibir clases en salones de madera, soportando el intenso calor o las goteras cuando llovía, incluso, las ratas caminando entre las sillas.

El pasado 9 de mayo recibió la mejor noticia en su carrera como docente y tal vez la recompensa a los 40 años en el magisterio. El Ministerio de Educación publicó los resultados del Índice Sintético de Calidad Educativa,  el cual ubicó a su Institución como el tercer mejor colegio de secundaria del país con un puntaje de 8,51 sobre 10 posibles. El progreso en las pruebas del Estado, el desempeño del colegio en relación a otros planteles educativos, la eficiencia de los estudiantes para aprobar el año y el ambiente escolar, lograron dicho reconocimiento.

Y no es casualidad. Hace diez años el colegio tenía 800 estudiantes y se rogaba a los padres de familia para que ingresaran a sus hijos a la institución. Ahora no hay cupo y el número de estudiantes supera los mil 400. “Me duele mucho rechazar estudiantes pero ya no podemos recibir. Pero eso también me da alegría porque ya todos quieren estudiar acá”, dijo mientras abrazaba a un grupo de estudiantes que llegaron a saludarla.

Ahora sueña con implementar la jornada única en su colegio para seguir mejorando el nivel académico y humano de sus muchachos. Mientras tanto, confiesa que cuando lleguen las vacaciones extrañará la bulla y gritos del descanso, pero se dedicará su tiempo a sus pasiones: sus nietos, la lectura y el juego de las cartas.

No quiere ser secretaria de educación y dice que “con este reconocimiento ya me puedo retirar con el deber cumplido. Solo quiero dejar mi institución posicionada como la mejor del país”.

Alejandro Calle Cardona

periodicociudadsur@gmail.com

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here