Todos protegen la reina en el Marceliano Vélez

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Arturo había llegado al parque de Envigado hacía más de dos horas. Con camisa de rayas rosas y medias de cuadros negros y blancos, se sentó a esperar por un algún contrincante que se le midiera a una nueva partida de ajedrez.

 

No pasó mucho tiempo antes de que llegara Manuel, con periódico en mano, dispuesto a batallar toda la tarde sobre los 64 cuadros de uno de los ajedreces que desde hace nueve meses adornan el renovado parque Marceliano Vélez. El juego comenzó rápido y en cuestión de minutos don Arturo perdió tres peones y un alfil, mientras que don Manuel se quedó sin uno de sus caballos y sin un peón. Luego vino una pausa larga, tan larga que don Manuel retomó la lectura de su periódico para darle tiempo a su adversario.

En la jardinera del frente, tres chicos que no pasaban de los 20 años, con camisetas grandes y gorras planas, intentaron iniciar el juego. Uno de ellos, Andrés, se quedó de pie, en la mitad de los otros dos, para entender cómo se movían las 32 fichas negras y blancas. “El caballo siempre se mueve en ele, así», le dijo otro de los chicos, al parecer el único que sabía de ajedrez.

La paciencia que hay que tener en este juego apasionante, pero a veces lento, se les agotó en cinco minutos. Así que ordenaron las fichas y se marcharon. Don Arturo y don Manuel seguían en lo suyo. Cada ficha que salía del juego era reposada sobre la jardinera con mano fuerte, con el placer que se siente cuando se debilita al adversario. Tres personas más veían de cerca el juego, quizás se hacían una idea de las futuras jugadas y sus posibles resultados. Todos hablaban, menos don Manuel, que tenía el turno y aún no hacía su jugada.

Desde su remodelación, el Parque de Envigado reúne a lugareños de todas las edades que se dan cita para jugar y charlar mientras juegan una partida de ajedrez con los tableros fijos y las fichas públicas, que como ejemplo de cultura, nunca se pierden. Muchos no se conocen, pero llegan con la ilusión de encontrar un rival para pasar las tardes soleadas de estos días. “Yo vengo muy seguido. Hay algunos que los conozco desde hace muchos años, de aquí del parque, pero otros días juego con el que llegue, así no lo conozca. Con estos juegos uno puede conocer mucha gente”, explicó don Jesús, uno de los espectadores de la partida de Arturo y Manuel.

Fredy y Nicolás estaban a punto de terminar su segunda partida de la tarde. Una reina ya estaba fuera de juego y Camila, la novia de Fredy, le decía al oído la siguiente jugada, mientras al frente, sentados en una de las bancas, una pareja de esposos observaba el juego con timidez.

La torre blanca avanzó tres cuadros y un caballo negro saltó en ele para ponerle fin al juego. Fredy y su novia se fueron en dirección a la iglesia y un espectador, que le doblaba la edad a Nicolás, le hizo una señal como pidiéndole permiso para tomar el asiento que había quedado vacío.

En la jardinera del lado don Manuel había ganado la partida, pero ellos ni siquiera lo notaron. No cruzaron palabras, solo organizaron las fichas y comenzaron a jugar. El sol ya había caído, los esposos seguían ahí, sentados y con la mirada fija en la nueva partida, mientras los primeros peones salían del tablero.

Y así, entre cuadros negros y blancos, entre palomas, amigos y desconocidos, los envigadeños y visitantes encuentran en el parque principal un lugar ideal para pasar las tardes. Y aunque aseguran que nunca hay apuestas de dinero, la estrategia es primordial porque nadie quiere perder ni la reina ni la satisfacción de vencer.

Juliana Vásquez Posada

@prensaciudadsur