Este centauro eterno

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Mi patria, Colombia, vive en guerra hace algo más de medio siglo. El principal actor del conflicto es el Estado (tiene el Ejército más grande de América Latina y eso no es poco) y para preservar ambos estatus, el de Estado y el de francotirador, ha necesitado enemigos visibles, posibles (pero no palpables). En los últimos diez años los nombres de esos adversarios fueron las Farc y Hugo Chávez –incluso, en muchos momentos, ambos fueron el mismo-.

 

Pero no era cierto: ni Chávez fue nuestro enemigo (hubo un momento, hace cinco años, cuando estuvimos “a solo minutos” de iniciar hostilidades entre las dos naciones) ni lo son las Farc (pero eso es harina de otro costal).

Como era nuestro enemigo, sus variadas campañas electorales lo fueron también en Colombia (nuestro vecino, nuestro socio comercial, su “influencia” en las Farc) y a pesar de que las tendencias mostraban el favoritismo suyo en las urnas, en Colombia siempre indicaban su “segura derrota”. Los cuarteles electorales de la oposición venezolana a Chávez también estaban en Bogotá y, por cuenta del discurso del entonces presidente colombiano, el derechista Álvaro Uribe Vélez (también “dueño” de una inmensa popularidad), el sentimiento “anti-chavista” llegó a considerarse parte del equipamento de “todo buen colombiano que se respete”.

Como era “nuestro enemigo”, desde mediados del 2012 cuando su enfermedad se volvió tema de la campaña electoral en Venezuela, en Colombia los grandes medios –y los medianos y muchos pequeños- hicieron suya la campaña informativa diaria, repito, diaria, sobre la evolución del cáncer del “dictador” venezolano. Hubo expertos, cada día, que especularon con la evolución de su segura muerte. La defunción, en Colombia, se produjo, al menos, tres veces antes del martes 5 de marzo.

Eso ya se sabe: diré que esa refinada atención mediática era respuesta a una realidad. El presidente Hugo Chávez fue el primero en América Latina en representar la respuesta contundente (tal vez no la mejor, pero respuesta) de los pueblos, de sus colectivos, de sus mujeres solas, de sus niños vejados, de sus ancianos olvidados, de sus estudiantes sin aulas, de sus homosexuales perseguidos, de los obreros despedidos a la dictadura real de los mercados especulativos.

Fue capaz de anteponer un discurso (y una práctica, ese fantasma de la izquierda latinoamericana) a los apóstoles del liberalismo de mercado, de sus bancos y sus corporaciones y por fin puso el petróleo en las manos de los venezolanos. Era un centauro volando por América Latina, un mestizo de bronce, una canción de Alí Primera, un juego de fútbol en la calle de nuestra miseria alegría. Por eso, a este centauro eterno no lo doblegaron.

 

Octavio Gómez Velásquez

periodicociduadsur@hotmail.com